Viernes, 26 de mayo de 2017|

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Ante la hegemonía heteronormativa-amorosa… ¿Existen otras posibilidades?

En las manifestaciones sociales en las que el amor se desenvuelve de modo legalizado no hay asomo de locura, de acuerdos ni de goces compartidos. Sin duda, una sociedad basada en la concentración de poder e intercambio económico empobrece cada área de la vida, enajena y cosifica al ser humano.

Pero también lo imposible nos rebasa, nos muestra su rostro abierto, más allá de ojos y razones, más allá de instituciones. El amor puede llegarnos como un espanto, un acto político, una sucesión de infinidades absurdas. Como una elegía en noche de lluvia, como un canto, un réquiem, como un vomito plagado de gusanitos de goces. El amor puede ser una cárcel o una liberación. El amor es un tema del que no se quiere hablar, aún cuando se haya hecho de él un fetiche de consumo.

¿Se puede alcanzar el límite de lo posible? Pregunta abierta donde no se buscan límites ni soluciones. Sólo probabilidades, alternativas. Y entre los marasmos, resistencias y acciones colectivas, sobrevive y se desenvuelve un proyecto libertario: el poliamor. Es decir, la práctica o la posibilidad de establecer relaciones íntimas, amorosas, sexuales (no necesariamente) estables con más de una persona, en un plano de equidad, mutuo acuerdo y honestidad entre las partes.

¿Sus ingredientes? Los más complejos: honestidad, colectividad, horizontalidad, acuerdos, consenso, equidad, cuestionamiento de paradigmas, respeto por la libertad y la autonomía de la/s otra/s persona/s.

El poliamor es la resignificación del amor como acción ético-colectiva en la que se replantean las bases de la convivencia humana. Pues mientras no se revisen paralelamente las relaciones de poder intrínsecas a toda relación intersubjetiva, seguiremos reproduciendo tales relaciones en el campo de lo público. Por eso, nos revelamos ante quienes quisieron imponernos una única visión del mundo, una sola manera de constituir relaciones de pareja y de familia.

Una apuesta vital del poliamor tiene que ver con el modo de vivir y asumir la relaciones en diversos ámbitos con los otros, otras. Una búsqueda que trascienda los paradigmas del liberalismo y sus valores, que nos permita el sostenimiento de una democracia radical y promueva un cuestionamiento constante a cualquier forma de sujeción o alienación de las personas. Por eso, cuando se habla de honestidad, no se trata de aquella honestidad forzada, reducida a confesionario, sino de la cualidad que permite sostener relaciones amorosas basadas en la confianza, en la entrega, no en el poder.

No fue por casualidad que Émile Armand (1) asoció el amor con la libertad y la camaradería amorosa. Para éste, el amor libre sólo podría existir fuera de cualquier tutela o constreñimiento estatal, religioso, familiar o vinculo contractual.

“El problema en el amor no es quitarse la ropa, sino quitarse el miedo”
Subcomandante insurgente Marcos

El proyecto poliamoroso se interesa por la libertad, lealtad, crecimiento de cada uno de sus participantes. Equidad, no igualdad. Yo soy yo, tú eres tú, pero buscamos el modo en que sin que tú dejes de ser tú, ni yo deje de ser yo, actuemos juntos, actuemos en colectivo.

Piénsenlo, reconozcámonos, ¿alguno/a de nosotros/as somos poliamores y no hemos podido desenvolverlo, comunicárselo a nuestra o nuestras parejas? ¿Somos realmente honestos con los otros/otras y con nosotros mismos? ¿Por qué no lo proponemos y abrimos el tema con nuestra pareja, en un plano de total equidad, intentando desechar aquellos prejuicios y tabúes milenarios?

L@s transgresor@s del amor convencional hemos comenzado a construir otro espacio de comunicación, donde interactuamos como el caracol, caminando a velocidad de molusco, lentito pero seguro, deviniendo nómada, mirando no sólo los rostros sino las ganas. Habitando nuevas casas del amor en las que se hace música y poesía, se sabe a goce; además de resistir, resonar y responder.

Pero nuestras subversiones actuales no sólo sueñan y trabajan en la liberación de las barricadas, sino en nuestra propia auto-liberación. Erradicar el Estado que nos habita en las ideas y en las acciones, ese voraz policía que como estrategias de control, ya se ejerce desde el micro poder, desde los papeles activo/pasivo, desde las relaciones de noviazgo y hasta en el momento de seducir y dar un beso. La primera batalla es contra la enajenación. El poder no sólo está fuera, al poder lo tenemos profundamente encarnado.

¿Cómo amamos? ¿Cómo creamos nuestras prácticas de libertad?

Desde el poliamor resistimos a la expresión unívoca de un cuerpo heterosexual y a la heteronormatividad. Resistimos a un cuerpo-máquina que marche de acuerdo a la función reproductora del sistema. Resistimos a un modo exclusivo de amar, pensar, sentir, relacionarnos, vivir, crecer, chupar, estar. Resistimos a una lógica binaria en el sexo, en el género, las cosas y las ideas. Resistimos en la diferencia, en la otredad, reconociéndonos como sujetos políticos en proceso de construcción. Resistimos en el campo de los cuerpos deliciosamente puercos, donde lo que importa es la vorágine, la poesía.

Resistimos no sólo en utopías, sino en la construcción de un mundo donde quepan muchos mundos y amores. Pues no sólo estamos y andamos poliamorosos, sino niños, humanos con capacidades distintas, indígenas, transexuales, maestros, adolescentes disidentes, mujer con sombrero de anís, campesinos y bisexuales de guante y pipa (sólo para calmar el frío) activistas y artistas, feministas y bellos locos. Estamos tantos, tantos, que nuestra fuerza puede quebrar, fisurar, romper. Tenemos equívocos y nuevas noches de preguntas, tenemos trabajo y mucho amor libre.

por Diana Marina Neri Arriaga

(1) Émile Armand, seudónimo de Ernest-Lucien Juin (1872-1962) fue un anarquista francés, el más importante exponente del anarquismo individualista europeo y del amor libre en los primeros años del siglo 20. Para Armand, el anarquismo constituye una lucha contra los prejuicios.