Domingo, 9 de diciembre de 2018|

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Casilda, Rebelde con causa


Son, dice, las frases que mejor la definen. Y habla con conocimiento, porque tuvo ocasión de conocerla. A ella. A Casilda Méndez Hernáez. Tuvo oportunidad de saber cómo era. Cómo pensaba y actuaba aquella donostiarra de Egia que años atrás, sin buscarlo, se había erigido en gran protagonista de la defensa de su ciudad, de la resistencia -primero con éxito y luego con fracaso-, frente a las tropas franquistas. Tuvo ocasión de ver qué quedaba de la anarquista, de la revolucionaria que siempre renegó de cualquier uniforme pero que, a su pesar, fue conocida por todos como la miliciana .

Sentado frente a ella y tras los aparatos de grabación que llevó para la entrevista, Jiménez de Aberasturi conversó con Casilda sobre todas sus vivencias. Sobre su vida. Sobre ella. En un principio se había negado a la charla, pero acabó accediendo. Y hoy, tres décadas más tarde, aquel encuentro sigue representando el mejor acercamiento a su persona. Porque lo que salió de él, un texto que el autor tituló Casilda miliciana y que recientemente ha sido reeditado por la editorial Txertoa dentro de la recopilación Los anarquistas y la Guerra en Euskadi , es todavía su testimonio más esclarecedor. Es, por decirlo de alguna manera, su diario.

Y en sus páginas uno encuentra una de esas historias también diferentes. Un capítulo más de ese pasado que no se conoce. De ese relato escondido. En este caso, el de una mujer avanzada a su tiempo que defendió sus ideas desde la teoría y la práctica y que no renunció nunca a erradicar lo que consideró injusto. Un perfil tal vez común en muchos hombres de su época, pero no en una mujer. Y por eso, pese a que probablemente nunca quiso destacar sobre el resto, su caso será para siempre un referente histórico.

su origen

Hecha a sí misma

Nacida en una familia de origen inca y con madre soltera -con todo lo que ello representaba entonces-, Casilda se fue haciendo a sí misma conforme a la educación que le había dado su progenitora. No se vio condicionada en casa por ningún valor político, pero sí despertó pronto en ella la rebeldía y la resistencia de los suyos. Su forma de actuar era, ante todo, instintiva, sentimental. Y con ella creció y se desarrolló. Se formó. Como mujer y como persona.

Y, desde esas dos facetas unidas e inseparables, protagonizó las dos grandes luchas de su vida. La primera, la defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. La segunda, la de los valores sociales en los que creía. "Pronto se fue introduciendo en un ambiente anarquista y de lucha. Exploró el Partido Comunista pero, como le pareció autoritario, finalmente optó por entrar en las Juventudes de la CNT. Y desde ellas actuó, no como una militante más, sino como una feminista implicada y activa. Trabajó intensamente para lograr que se equiparasen los derechos entre ambos sexos", explica Jiménez de Aberasturi sobre los primeros pasos de la Casilda reivindicativa.

Con el paso de los meses, sus intervenciones se fueron multiplicando y se saldaron, entre otras cuestiones, con dos detenciones. Una, por una pequeña huelga con otras mujeres que apenas le causó problemas. La otra, por la huelga revolucionaria de octubre de 1934, en la que participó de manera intensa y que sí le provocó consecuencias. En concreto, un tribunal de guerra que la condenó a nueve años por repartir pasquines y 20 más por transportar una bomba. "Estábamos en estado de guerra y las penas se multiplicaban por un coeficiente elevado", señala la afectada en el texto editado por Txertoa.

heroína no, mártir sí

Aclamada por los suyos

Casilda estuvo prisionera en el fuerte de Guadalupe hasta que, tras el juicio, fue conducida a la cárcel de mujeres de Madrid. Un traslado que se produjo entre las muestras de apoyo de sus paisanos. "¡Ah, San Sebastián! ¡Qué recuerdo más grato!", recuerda sobre su marcha. "Me hizo un recibimiento apoteósico al pasar el tren por la estación. El pueblo salió a despedirme con ¡vivas! que resonaban en mis oídos. Me quería, ese pueblo por el cual yo había comenzado a luchar con la esperanza de que pronto nos sentiríamos libres y forjaríamos nuestro propio destino. Me estimaban. No era una heroína, sino una mártir. En sus mentes, yo había crecido enormemente. Se habían hecho de mí una figura mítica. El pueblo siempre tiende a ampliar los hechos, porque van pasando de boca en boca", agrega.

En Madrid estuvo varios meses, hasta las elecciones de febrero de 1936 y la amnistía decretada tras ellas por parte de las izquierdas. Y entonces volvió a Donostia, esta vez, en el más absoluto anonimato, y recuperó su anterior vida: la de la CNT, la de las Juventudes Libertarias y la del que ella misma llamaba proceso revolucionario. Se integró en el grupo del tambiéncenetista Félix Liquiniano, que posteriormente se convertiría en su marido, y participó activamente en la defensa de su ciudad (incluida la toma de los cuarteles de Loiola) y en los posteriores combates de Peñas de Aia y el monte de San Marcial de Irun. Tras la caída de esta última localidad cruzó a Hendaia y, desde allí, partió a Catalunya y, más tarde, al frente de Aragón. Antes de finalizar la Guerra, volvió a cruzar la frontera a Francia por La Junquera y estuvo retenida en campos de concentración. Después se instaló en Lorient, donde colaboró desde fuera con quienes apoyaban la resistencia francesa, y más tarde en Biarritz.

Y allí descansó hasta su muerte la Casilda miliciana. La Casilda revolucionaria. La joven valiente que había desafiado a su época haciendo nudismo en la playa de Gros en 1935 y que, a su pesar, y tras una intensa vida luchando por sus ideales, se convirtió en una de las caras más conocidas en el campo de batalla (especialmente durante la defensa de Irun). Descansó, para siempre, Casilda Méndez Hernáez.

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Portafolio

Casilda, a la izquierda, junto a su marido Félix Liquiniano.Fotos: archivo (...)