Miércoles, 18 de octubre de 2017|

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Félix García Moriyón. La cosa nostra

No hace mucho leía una interesante y larga reflexión de Luis María Linde de Castro sobre varios libros publicados en torno a la mafia siciliana. El sugerente título era "Mafia como política, política como mafia", y aconsejo su lectura, aunque sea algo extenso. Una de las preocupantes tesis que exponía es la trabazón entre la política y la mafia, hablando de una política mafiosa, incluso de una «mafiosidad democrática». Algunas de las noticias que vamos conociendo a lo largo de esta ya larga crisis económica son prueba evidente de que la política democrática está profundamente contagiada por procedimientos mafiosos, entre los que destaca el uso de presiones y diferentes formas de extorsión para proteger los intereses de los amigos o los clientes.

Para no quedarme en datos abstractos, quiero pasar a comentar algunas de esas noticias, poniendo nombre y apellidos de aquellos que bordean los procedimientos mafiosos e incurren en prácticas que muestran una clara tendencia a beneficiar a la familia, convirtiendo la política y la empresa privada en la cosa nostra, en la que el interés del grupo prima sobre cualquier otra consideración y en la que el ansia de poder y la codicia no tienen límites.

Empecemos por un caso paradigmático, un perfecto modelo de alguno de los profundos males que nos agobian. Se trata de Rodrigo Rato. Su biografía es modélica. Procede de una familia metida en política y en negocios desde siempre. Su abuelo fue alcalde de Madrid en 1890 y ministro de Fomento con Antonio Maura en 1903. Su padre apoyó el franquismo desde el principio y pudo incrementar su fortuna, creando entre otras cosas la cadena Rato, hasta que fue condenado, junto con un hermano de Rodrigo Rato, a tres y dos años de cárcel por evadir dinero a Suiza. Rodrigo, su mujer y sus hermanos siempre han estado metidos en diferentes negocios, procurando, como es lógico, obtener pingües beneficios. Fue muy importante la venta de la cadena Rato a la ONCE, un gran negocio para la familia, no sin fuertes disputas intrafamiliares.

Alternó durante mucho tiempo la política con los negocios, empezando en Alianza Popular, aunque según ascendía en el PP procuró difuminar la presencia empresarial directa y empezó a dirigir negocios más bien a través de intermediarios. Como ministro de Economía de 1996 a 2004 protagonizó la mayor venta de empresas públicas en la historia de España: Argentaria, Tabacalera, Telefónica, Endesa, Repsol, etc., pasaron a manos privadas, logrando poner a amigos de confianza en los puestos claves de esas empresas. Avaló un crecimiento económico basado en el ladrillo, y más discutible es el impacto en ese modelo de la famosa ley del suelo de 1998, criticable sobre todo con criterios ecológicos.

De allí pasó a ser Director General del Fondo Monetario Internacional, al no ser propuesto por Aznar para la sucesión. Permaneció en el cargo más de tres años; la gestión durante ese período fue duramente criticada en un informe interno de enero 2011 por su incapacidad para prever la crisis. Un mes después de dejar el FMI, pasó a formar parte de la división internacional del Banco de Lazard, un banco de inversiones francoestadounidense, y a continuación (2008) se incorporó como Consejero Asesor Internacional del Banco Santander y consejero del consorcio Criteria de la Caixa. El salto económico definitivo lo dio en diciembre de 2010, cuando pasó a ser presidente de Bankia, liderando la privatización (conversión en banco) de Caja Madrid. Obviamente, una de las primeras medidas fue ponerse un suelo de unos 4 millones de euros anuales.

Difícil es en su caso saber dónde empieza la política y dónde empiezan los negocios, pues hay una profunda imbricación entre ellos y siempre parece que salen beneficiados los negocios propios y de las personas allegadas. Desde luego, su capacidad para pasar de un ámbito al otro, sin cumplir los más mínimos criterios de distancia entre un cargo público y otro privado, son asombrosos. En su caso, está claro que se cuidan los intereses de la familia y la cosa nostra. Si alguien quiere algunos datos más precisos, puede consultar la página web que informa sobre la familia Rato.

Su caso no es el único, pero es ejemplar. Podemos citar otro caso quizá menos mediático pero igualmente llamativo. José Luis Olivas llegó a ser presidente de la Generalitat Valenciana, consejero de Hacienda con Rita Barberá en el Ayuntamiento, luego con Zaplana en la Generalitat, de la que fue presidente durante un año. Tras un pacto con los líderes del PP, acepta abandonar la presidencia en 2003 y, no sin tener que exigir el cumplimiento del pacto, pasa a presidir Bancaja y también en su momento el Banco de Valencia, ejerciendo una dirección muy nociva, plegada completamente a intereses partidarios. También aquí lo importante es la familia y la cosa nostra. Para más detalles, es instructivo un informe publicado por El País.

Termino con un último ejemplo también significativo. El Consejo de Ministros del pasado día 25, celebrado ya en tiempo de descuento con un gobierno de Zapatero con escasa legitimidad política, aunque con toda la legalidad de su parte, decide conceder un indulto parcial a Alfredo Sáenz, consejero delegado del Banco de Santander, el banquero mejor pagado de España, con un salario en 2010 de 9,127 millones de euros. Había sido condenado por un delito de acusación falsa contra varios empresarios catalanes, en el marco de las luchas por el poder económico en Banesto; en aquel caso, sus presiones lograron que un juez, Luis Pascual Estevill, prevaricara fallando enviar a la cárcel a los tres empresarios. El Tribunal Supremo había desaconsejado el indulto de Sáenz, pero el gobierno lo ha concedido, noticia recibida con gran satisfacción por el Banco de Santander. Desde luego, este banco ha condonado una deuda de varios millones al PSOE. Posiblemente se trata de un caso más de favores mutuos entre miembros de la familia para seguir ocupando posiciones de poder desde las que tienen muy buen cuidado de los asuntos propios y los de la cosa nostra.

La situación no puede ser más preocupante. Las pruebas de este siniestro entramado de intereses bastardos se van acumulando y quizá lo más grave de todo ello es la falta absoluta de mala conciencia por parte de los interesados, que consideran que la defensa de esos intereses privados con procedimientos casi mafiosos no plantea ningún problema moral. Así funcionan las cosas y así deben seguir funcionando. No en vano ellos son la élite que nos gobierna.

De todos modos no acaba aquí la cosa, y en breve publicaré otro artículo sobre este tema y sobre otras derivaciones de esa mafiosidad democrática.

Félix García Moriyón. Viñeta: El Roto.