Viernes, 15 de diciembre de 2017|

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Félix García Moriyón. La visita del Papa

Viene el Papa Benedicto XVI a participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud, un acontecimiento organizado por la Iglesia Católica cada tres años en diferentes ciudades del mundo. La anterior fue Sidney, en Australia, y la actual tiene lugar en Madrid, organizada por el Cardenal Antonio Rouco Varela. Como no podía ser menos en un encuentro que muy probablemente congregue a cerca de 1.000.000 personas de todo el mundo según los organizadores, la situación ha provocado un vivo debate en la sociedad española en el que afloran conflictos todavía mal resueltos y vuelven algunas retóricas que debieran estar superadas hace tiempo.

Son diversos los problemas que suscitan el vivo debate, no todos del mismo calado e interés. Hay desde luego un debate interno, que compete exclusivamente a los católicos. Se trata de valorar la coherencia entre un acto de este tipo y el mensaje evangélico. Obviamente, los organizadores del evento consideran que es un medio adecuado y coherente de hacer presente el mensaje de Jesús en el momento actual. Sin embargo, con sólidos fundamentos, diversas agrupaciones de católicos piensan justo lo contrario, pues ven en estas multitudinarias parafernalias justo lo contrario de lo que enseñaba Jesús en sus predicaciones por los pueblos de Galilea. Ya digo que no es éste el lugar de entrar en este debate, si bien los argumentos ofrecidos por los que se muestran reticentes parecen bastante sólidos.

Más calado tiene el segundo debate, el que ha cuajado en uno de los lemas que propone Europa Laica en sus esfuerzos por manifestar el rechazo a este acontecimiento: «La visita del Papa: NO con mis impuestos». Entramos en este momento en una guerra de cifras, con informaciones contradictorias. No cabe la menor duda de que la presencia de tal cantidad de gente en una ciudad como Madrid durante más de seis días genera importantes movimientos económicos y algunos gastos inevitables. Y tampoco cabe la menor duda de que, siempre que un grupo social sale a la calle, eso genera gastos para toda la sociedad, que pagamos entre los contribuyentes, da igual que se trate de grandes manifestaciones contra la guerra de Irak, celebraciones de victorias futbolísticas, fiesta del Orgullo Gay o Juegos Olímpicos. Difícil resulta cuantificar cuál es el gasto adecuado y pertinente y qué parte le toca pagar a la comunidad, incluidos aquellos que no simpatizan con el acto organizado. Complejo asunto, insisto, sobre todo en momentos de dura crisis económica.

Lo más importante es el debate en torno a la exigencia de que el Estado sea verdaderamente laico, o aconfesional, aunque sé que los dos términos no son iguales. El laicismo de la sociedad española ha ido siempre por delante del laicismo de las instituciones jurídicas y políticas del Estado, y este desfase necesita ser corregido urgentemente. Si no me parece demasiado preocupante el tema del dinero, porque es práctica habitual en todo tipo de acontecimientos multitudinarios, sí me parece muy preocupante la presencia masiva de autoridades políticas de todo nivel en los actos de la Iglesia Católica. Resuenan aquí maridajes poco presentables entre poderes políticos y poderes religiosos más propios del Antiguo Régimen que de un Estado que ha sacado la religión de sus instituciones. Y resuena también la profunda afición que tienen los poderosos a organizar todo tipo de parafernalias para mostrar su poder, afición que ha aportado su enorme grano de arena a la crisis que estamos pagando los no-poderosos.

En esto nos queda mucho por hacer, sin duda. Y nos queda porque ambas partes abordan el tema con intereses más bien mezquinos y a corto plazo. Los partidos políticos miman a la Iglesia Católica más de lo que debieran porque saben que eso son votos cuando llegan las elecciones y no se atreven a enfrentarse de veras con el problema. La Iglesia Católica aprovecha la situación para mantener situaciones de privilegio, como exenciones fiscales o dotaciones económicas para el clero. La dolorosa experiencia de las guerras con fondo religioso en el siglo XVI y la de los Treinta Años en la Europa del siglo XVII aconsejaron a los europeos que era bueno sacar la religión de la política, superando el Estado Confesional que avivaba los enfrentamientos en lugar de serenarlos y superarlos. Estas alianzas espurias entre las élites presentes en todos los ámbitos de la vida social son la raíz más profunda del problema y la que más daño hace. Exigir que se avance en esa laicidad o no confesionalidad del Estado es un objetivo irrenunciable.

Menos clara está la pretensión de reducir la religión a un asunto privado, que no debe por tanto incidir en el ámbito de lo público, distinción fundamental para muchos partidarios del laicismo. Lo malo es que esa distinción no es en absoluto realista y este acontecimiento viene a ponerlo de manifiesto. Las creencias religiosas son, o debieran ser, opciones personales, resultado del ejercicio de la libre reflexión de cada persona. Ahora bien, las creencias religiosas tienen en su casi absoluta mayoría una dimensión comunitaria y además llevan consigo una concepción del mundo que repercute en la manera de entender la vida social (cultural, económica y política), y eso les confiere ya una proyección pública inevitable. Cierto es que hoy en día, aunque en España los católicos sean mayoritariamente de derechas, las opciones políticas no son homogéneas entre ellos, lo que añade algo más de complejidad al tema. Esta distinción entre público y privado plantea problemas y necesita encontrar fórmulas mejores para articular la convivencia en el seno de sociedades que son plurales y en las que intentan convivir personas y colectivos con diferentes propuestas que inciden en la vida pública. Bueno sería que la visita del Papa ayudara también a repensar la compleja relación entre lo público y lo privado, evitando que las manifestaciones públicas de las creencias religiosas alteraran la necesaria neutralidad religiosa del Estado.

Félix García Moriyón