Viernes, 15 de diciembre de 2017|

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Jaime Pozas luchador libertario por la libertad. Ha muerto

Jaime Pozas nos ha dejado. En el recuerdo de quien le conocimos nos quedara la pasión que ponía en sus debates. Aunque no estemos de acuerdo en muchas de sus actuaciones, como compañero en la lucha contra la dictadura y el entusiasmo por reorganizar el movimiento libertario y la CNT no podemos olvidar sus aportaciones apasionadas que después de muchas horas terminabamos en alguna cafeteria recordando amigos caidos o que se van poco a poco. Los compañeros de la Fundación Aurora no te olvidamos.

A continuación adjuntamos textos de varios compañeros

Jaime Pozas In Memoriam

Jaime Pozas de Villena falleció en Barcelona el 14 de febrero de 2017, víctima de una cardiopatía que arrastraba desde hacía años. Por esta razón médica, su óbito nos ha dolido –y mucho- pero no nos ha sorprendido. Es más, que haya muerto del corazón aquél que lo tenía metafóricamente tan grande, nos ha parecido justicia poética incluso a los que negamos que el pericardio tenga algo que ver con la emotividad. Jaime estudió Química en Madrid. Que prefiriera una ciencia dura a las ciencias blandas (las Sociales y las Humanidades), no es detalle banal porque nos confirma que su vida estuvo regida desde muy joven por el rigor del método empírico. Que luego intentara la dificilísima empresa de conjugarlo con la rebeldía social, es un rasgo más de su terca heterodoxia. En cuanto a los resultados de su intento, hay opiniones para todos los gustos, una cualidad de todas las herejías -para unanimidades, ya están los rebaños-. Según escribe en una de sus escasas publicaciones, la universidad “forma parte esencial de mi vida. Me ha valido para ser más capaz que otros y menos que muchos, de diferenciar entre artistas y técnicos, entre eruditos y sabios, etc. Por eso luché contra ella” (en La autenticidad como lucha, 1977) Como muchos sabemos, la universidad le trajo gloria y ruina hasta que fue expulsado ‘a perpetuidad’, una ‘exclusión del paraíso’ de la que siempre se sintió orgulloso. La gloria le vino al encabezar la rebelión de los ácratas (1967-1969), una sublevación tan desconocida y censurada como imprescindible para entender la historia de la intelectualidad española, una revuelta tan original y autónoma como ninguneada a la hora de estudiar la sociedad español de aquellos años para acá. La censura sobre Jaime y los ácratas comenzó por la sistemática tergiversación de nuestra teoría y de nuestra acción que ordenó la cúpula del aparato comunista universitario; según esta Cheka, éramos un puñado de descerebrados pero peor fue que llevaran sus consignas hasta la infamia. Por ejemplo, en aquellos años, no era raro oír el rumor de que Jaime era un confidente y un provocador. Hasta aquí, el procedimiento rutinario de los herederos de Lenin; pero que lo siguieran chismeando cuando Jaime y otros estaban –o estábamos- presos desde hacía varios años, aquello clamaba al cielo. Fuéramos lo que fuéramos, desvelamos los pecados de la jerarquización universitaria y de su perversa inanidad (en su escrito antes citado, Jaime la definió como opresora, esclavista, sacralizada, insensible, amoral y un largo etcétera) hasta el punto de que podríamos decir que nos adelantamos al Mayo 68. Claro está que, cual sucede con los prometeos, Jaime pagó la gloria con la ruina. Y no nos referimos sólo a la cárcel sino también al ostracismo que la siguió. Jaime no fue nunca el vehemente individualista que algunos se figuran. Tampoco fue un stirneriano propenso a la autofagia y al solipsismo teórico. Fue un cabal caballero de la Anarquía que, simplemente, recelaba de que la organización fuera un fin en sí misma. Él siempre insistió en que la Ética eran la ciencia, la guía y el valor supremos, muy por encima de los medios que se emplearan en la arena política. Mantuvo un equilibrio (inestable) entre la ciencia y la acción, entre lo colectivo y lo individual. Visto desde los clásicos, diríamos que anduvo equidistante entre Bakunin y Kropotkin: por su formación se acercaba al segundo mientras que, en lo cotidiano, tendía hacia el primero. Ingenuo sería quien creyera que es fácil conjugar estas dos sensibilidades anarquistas y malvado el que encasillara a Jaime en una sola de ellas. La ruina hizo que Jaime se viera obligado a hacer de la necesidad, virtud. De ahí que aprovechara sus forzosos periplos por el extranjero (Toronto, Londres, Ginebra), para aprender del mundo del trabajo manual, una instrucción que muchos universitarios no conseguirán jamás aunque pasen años ‘proletarizándose’. Pertrechado con el conocimiento de ambos mundos, Jaime consiguió ser anacoreta rural y gregario capitalino, intelectual y obrero, militante y verso suelto. Parafraseando a otro de sus clásicos –Quevedo-, diríamos que llegó a ser el “alma para quien toda una organización, prisión ha sido”. Y no sólo una organización como la CNT por quien, pese a sus rechazos, lo hubiera dado todo, sino que también le fue prisión su propio cuerpo. Y es que Occidente acepta actualmente multitud de opciones sexuales pero ha dejado en manos de los místicos la opción más radical: negarlas todas. Jaime aceptó ese reto porque nunca confundió el Deseo con su materialización –generalmente genitalizada-. Huelga añadir que eso le hizo blanco de chismes, por insidiosos, quizá peores que los ya padecidos en la universidad aunque, al revés que aquellos, jamás les concedió la menor importancia. En cuanto al futuro que ya tenemos encima, añadiríamos que Jaime llegó tarde a la Cibernética; por ello, apenas hay referencias sobre él en internet. Y no podrá haberlas puesto que la autenticidad exige el trato directo entre los agentes sociales –sean, individuos, sean espectáculos- y Jaime optó por las relaciones directas, esas que se les escapan a los historiadores, esclavizados como están por los documentos físicos. Sin embargo, ese afán por escapar de la cárcel de papel, le obligó a pagar varios peajes. De ahí que haya sido tildado de purista y de perfeccionista, de cocinero y de fraile, cuando no de ogro rústico. Pero es que, según su obra antes citada, “Mi desconfianza hacia la letra impresa es algo instintivo”. Aun así, cuando quiso, fue capaz de darles la vuelta a las palabras totémicas de la tribu occidental; de ahí que “emplearé los términos con los que fui adiestrado y los iré matizando hasta transformarlos”. Y, ¡por el santo grial de la Anarquía si lo hubiera!, que los transformó de manera que Dios, ideología, utopía, arte, modernidad, se convirtieron en mero humo de quimeras. Por ejemplo, para Jaime el diablo que acecha a los utópicos, el temido fracaso se convirtió en una minucia despreciable puesto que “triunfar significa manejar el engaño y la astucia contra los demás; fracasar es garantía imprescindible de la sabiduría”. Jaime “donó su cuerpo a la ciencia” y luego será incinerado. Sus cenizas se esparcirán dentro de unos meses. Nuestras condolencias a su familia y allegados, en especial a Mª Teresa, hermana, hada y bastión contra toda inclemencia. Querido Jaime, sit tibi terra levis.

Unos ácratas

En recuerdo del compañero y amigo Jaime Pozas

Por compañeros de Madrid me acabo de enterar que nos ha dejado definitivamente Jaime Pozas, uno de aquellos jóvenes estudiantes que en la década de los sesenta del pasado siglo sentían en sus venas la llamada de la anarquía y que el Tribunal de Orden Público del franquismo expedientó, dentro del mismo proceso en el que se expedientó a los profesores Agustín García Calvo, López Aranguren y Tierno Galván, por los pronunciamientos producidos en los campus universitarios españoles en 1965. Protestas que culminaron con el Estado de Excepción de 1969. Con Jaime nos conocimos en una de las charlas que animaba Agustín García Calvo con los componentes de “la horda”. Un grupo informal formado por una mayoría de ex miembros del grupo activista conocido como los “ácratas”. El grupo de estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid que fue decisivo para que el torbellino de la revuelta estudiantil de los años 65-69 girara con más virulencia antisistema. La última vez que nos vimos, si mal no recuerdo, fue en el Ateneo de Madrid, poco años antes del fallecimiento de Agustín García Calvo, y, pese a lo precario de su salud, la impresión que guardé es que seguía sintiéndose orgulloso de la vida que había vivido. La que resumía recordando el comentario que un día le había hecho Agustín García Calvo, refiriéndose al paso de Jaime por las cárceles franquistas: “Quizás te han hecho un favor, te han convertido en un excluido social, ya no tienes nada que perder”. Jaime había entrado a la Universidad en el año 1962 para estudiar la carrera de Químicas; pero al ser expedientado en el año 1965 y expulsado a perpetuidad de la Universidad Complutense, además de prohibírsele la matriculación en las otras Universidades durante los siguientes cinco años, esa carrera quedó pendiente par siempre. En las cárceles coincidió con Miguel García, Luis Andrés Edo y otros militantes libertarios. En 1977 fue miembro del primer Comité Nacional de la CNT legalizada después de la muerte de Franco. En 1978, como consecuencia de los enfrentamientos con la policía en el curso de manifestaciones de protesta por el asesinato del compañero Agustín Rueda, se marchó a Inglaterra por algunos años para evitar ser nuevamente encarcelado. Después, en los años noventa, dejó de militar activamente en la CNT; pero, a pesar de su aislamiento, siguió considerándose anarcosindicalista y mantuvo buenas relaciones con las tres organizaciones que en España se reclaman de ese ideario: la CNT, la CGT y Solidaridad Obrera. No volví a verle; pero estoy convencido de que Jaime Pozas seguía pensando, como Agustín García Calvo, que el levantamiento de estudiantes del 65 y los años siguientes había servido para que “estos días siga manteniéndose con alguna gente la alegría de la negación del orden y el no al Poder”. Alegría que habrá compartido con Agustín en alguna de las asambleas del 15M en la Puerta del Sol: “la alegría de lo inesperado, de lo no previsto, ni por parte de las autoridades y gobiernos, ni por parte de los partidos de cualquier color, verdaderamente imprevisto (…) que yo estaba esperando esto desde hace cuarenta y tantos años, cuarenta y seis”.

Octavio Alberola