Lunes, 20 de noviembre de 2017|

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La evolución de las conurbaciones o la destrucción del territorio

La evolución de las conurbaciones o la destrucción del territorio

Miquel Amorós

El asentamiento humano conocido con el nombre de ciudad aparece por primera vez en el neolítico y su existencia se prolonga sin demasiadas modificaciones estructurales hasta el siglo XIX, cuando la revolución industrial altera profundamente su morfología y sus relaciones con el territorio. Hasta entonces éste le proporcionaba alimentos, agua, combustible y material de construcción, condicionando su tamaño. El ente producido por la revolución industrial, al convertir el antiguo mercado local en lugar de acumulación de capitales, o lo que viene a ser lo mismo, al estar centrado en la producción masiva y el trabajo asalariado, rompe la simbiosis con el territorio y se transforma en una nueva formación ciudadana, en constante expansión, guardando con él una relación de dominio. En ese momento se habla por primera vez de población urbana y población agraria como realidades distintas. El mundo rural pierde su independencia y pasa a regirse por los tiempos de la ciudad industrial, siendo ésta la que en adelante condicionará la nueva estructura y forma del territorio.

El capital imprime un ritmo de crecimiento que rápidamente sobrepasa los límites que imponía el abastecimiento y la capacidad financiera, desarrollando las infraestructuras y creando un mercado inmobiliario. Los proyectos de ensanche cuadriculan el suelo para convertirlo mejor en mercancía, mientras que los planes urbanísticos tratan de ordenar el estiramiento de calles y la ampliación de los servicios públicos. El ferrocarril y el tranvía primero, y el autobús y el automóvil después, crearán los suburbios, que al desparramarse por el extrarradio provocarán el estallido de la ciudad, zonificada y fracturada. Las barriadas obreras segregadas y los barrios residenciales burgueses son el principio de un proceso que, superando los mojones municipales, transformará la ciudad compacta, inicialmente amurallada, en un aglomerado impersonal discontinuo y descentrado al que Geddes, a principios del siglo XX, llamó conurbación. Al calor de la explotación de innovaciones tecnológicas se desarrollaron potentes infraestructuras de toda clase, hidráulicas (pantanos, canales, transvases, depósitos), de transporte (tren, carreteras, rondas, túneles), de energía (fábricas de electricidad, tendidos, cableado) y de evacuación (alcantarillado, vertederos.) Así nació la planificación territorial. Cada nuevo avance en las infraestructuras ha propiciado un tipo de aglomeración más descompuesto, fomentando una ocupación extensiva del territorio y un modelo de urbe difusa que alcanza los tiempos actuales. La nueva clase dominante no tiene su origen exclusivamente en la industria, sino que se buena parte se formó precisamente en la construcción y explotación monopolística de infraestructuras públicas (ferrocarriles, tranvías, gasificadoras, alumbrado eléctrico, agua corriente, líneas telefónicas, telégrafo) organizada según fórmulas nuevas como la sociedad anónima y el trust o consorcio.

La conurbación moderna -la que apareció tras la posguerra-, cualitativamente más fragmentada y formando con otras adyacentes una metrópolis-región, es fruto del automóvil y del hormigón: las circunvalaciones y las autopistas dirigen su evolución tanto como los nuevos materiales y técnicas de construcción. Las leyes del suelo proporcionaron el marco idóneo de la urbanización. El coche, en la medida en que pasó de ser el medio de desplazamiento de la burguesía y las clases medias, símbolo de realización personal, para convertirse en un instrumento de trabajo, en una prótesis del asalariado que le posibilitaba ir al trabajo o a la compra en ausencia de un transporte público eficaz, ha sido el gran factor de suburbialización y destrucción del territorio. La conurbación evoluciona con la circulación y al aparcamiento; exige cada vez mayor volumen de desplazamiento, luego, un mayor grado de motorización. El espacio público deviene espacio del vehículo. Si en un principio, gracias a la producción en serie, la posesión de un coche significa el acceso a un modo de vida consumista reservado hasta entonces a los privilegiados, cuando se generaliza la sociedad de consumo llega a ser un artefacto imprescindible de uso obligado. El espacio es de forma creciente espacio del automóvil: el conductor es ahora el símbolo de la realización de la máquina. Un nuevo tipo de expertos, los ingenieros y analistas del tráfico, sustituyen a los urbanistas en la planificación urbana y territorial: los accesos y variantes desarrollan la conurbación más que ningún plan de ordenación urbana; la autopista modela y “articula” el territorio por encima de cualquier planificación.

La actividad productiva es desplazada como motor de la economía por la especulación constructivo-financiera. En torno a la construcción y financiación de infraestructuras se configuró el mayor y más poderoso grupo de presión, al que se asociaron otros: el de la distribución, el automovilístico, el petroquímico, el eléctrico, el inmobiliario... Evidentemente, los macroproyectos no han hecho más que reforzar su poder, y así, el tren de alta velocidad, los megapuertos, los aeropuertos, los macrovertederos y los conjuntos residenciales, han contribuido a extender su influencia. La nueva oligarquía trasciende el territorio nacional, expandiéndose su radio de acción por todo el planeta gracias al mercado mundial. Su poder, sostenido y alimentado por la clase empresarial y política subalterna, realmente no conoce fronteras. Ya no podemos hablar propiamente de la “ciudad del capital” puesto que el interés del capital no radica solamente en la metrópolis, sino del “territorio del capital”; el capital ha ocupado totalmente el territorio, haciéndolo soporte de todos los equipamientos, actividades económicas y cómo no, infraestructuras. Y dentro de ellas, las del transporte se vuelven determinantes, o, si usamos la jerga política, “vertebradoras.” Es más, las infraestructuras de transporte constituyen una entramado sin la cual el sistema es incapaz de funcionar: son sus arterias. Es tan vulnerable a su sabotaje que una simple interrupción lo echaría abajo como a un castillo de naipes. Las infraestructuras son para la dominación el principal elemento estratégico, y la seguridad de su funcionamiento autoriza incluso la intervención del ejército y la guerra. Los males de unas infraestructuras se curan con otras: la complejidad desemboca en fragilidad, a la que se quiere poner remedio con infraestructuras de vigilancia y control. Estamos ante una sociedad urbana que alberga diferencias sociales enormes jamás habidas antaño. Una sociedad “de los promotores” capitalistas, de los “tiburones” de las finanzas, donde lo territorial es subsidiario de lo urbano, y donde el campo está sometido totalmente a la conurbación. Una sociedad panóptica, carcelaria.

Las infraestructuras definen la accesibilidad del territorio, su nivel de “conectividad”, y por lo tanto, determinan su uso: reserva paisajística, logística, industria, tráfico, cultivo, segunda residencia, ocio, barrio-dormitorio, tratamiento de residuos, producción energética, macrocárcel... El campo suburbanizado ya no es el alfoz de la ciudad, sino un “vacío” urbanizable. Las aldeas, pueblos y pequeñas ciudades no tienen sentido como entidades autónomas, sino como partes de un sistema urbano del que dependen completamente. O son pura periferia, o mueren. Por debajo del medio millón de habitantes ningún lugar habitado es rentable desde el punto de vista de la economía global. La conurbación se independizó del campo gracias a la industrialización de la agricultura y a su relocalización en zonas concretas. El combustible fósil barato permitió una transformación del campo que acabó literalmente con siglos de cultura campesina, despoblándolo y convirtiéndolo en un erial contaminado. Y justamente por ser un recurso limitado, el combustible ha ido encareciéndose y amenazando el suministro energético de las conurbaciones, siempre en aumento, ante lo cual la clase dominante ha reaccionado primero globalizando los mercados, lo que repercute en el territorio en forma de gaseoductos, oleoductos y líneas de alta tensión. En segundo lugar, combatiendo el agotamiento de recursos con nuevas fuentes de energía industrializables, lo que confiere al territorio una nueva función, la de proporcionar energía suplementaria, y, por consiguiente, nuevos negocios. Así pues el territorio se presta a albergar centrales y demás instalaciones nucleares, térmicas, plantas de biomasa, extracción de gas por fractura hidráulica, plantaciones de agrocombustibles, “parques” eólicos y “huertos” solares.

La constante conversión del territorio en una mercancía camaleónica, capaz de revestir un carácter nuevo –un mayor valor- ante cada fase del desarrollo de la economía, es una exigencia de la ocupación del espacio por el capital. En cada momento su acumulación impone condiciones diferentes que son el resultado de desarrollos pasados. Ello nunca ocurre sin conflictos, ya que lesiona numerosos intereses. De las resistencias campesinas al cercado de terrenos y a la venta de tierras comunales hasta la actual oposición a las infraestructuras, la defensa del territorio ha ido abandonando los márgenes de la lucha de clases, que transcurría casi siempre en el escenario urbano, para situarse en el centro del combate social. En efecto, la revuelta contra la industrialización del vivir que se manifiesta como deserción de las insalubres conurbaciones y rechazo del trabajo esclavo, constituye el eje sobre el que pivotarán los enfrentamientos. Dicha revuelta tiene su retaguardia en los huertos ocupados y trabajados colectivamente, sin fertilizantes químicos ni plaguicidas, sin transgénicos, lejos de los detergentes, de los plásticos y de los recipientes desechables, pero el frente está donde hayan o se planeen infraestructuras, porque son el punto más débil del sistema. La nueva conciencia “de clase” que acarree los cambios sociales radicales histórica y vitalmente necesarios, se forjará tras arduas batallas en pro de su desmantelamiento, paradójicamente libradas por las masas urbanas, pero fuera de la conurbación. La frugalidad, el reciclaje o la alimentación sana elevarán la moral de los soldados, sin apartarlos por tanto del objetivo principal de la guerra.

Charla en el Ateneu Cultural La Coveta, de Crevillent (Alacant), 3 de mayo de 2013

Miguel Amorós

Ilustración de Pawla Kuczynskiego