Viernes, 22 de septiembre de 2017|

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La memoria (quebrada) de La Escuela Moderna

La memoria (quebrada) de La Escuela Moderna

Artículo de Ignacio C. Soriano Jiménez

La Escuela Moderna de Barcelona (1901-) es un conocido fenómeno de la historia de la pedagogía, dándose la particularidad de que hay gente que lo aprecia en sí, tomándolo como una experiencia liberal y progresista, pero sin adscribirlo a la ideología libertaria, de la que era exponente. Decimos que fue un hito, no tanto por suponer una experiencia rompedora, sino por hacerlo en el tiempo y lugar en que lo hizo. Planteó y trató de resolver temas centrales de la educación de todos los tiempos, incluidos los que tiene entre manos la enseñanza en nuestros días.

Enraizada en la existencia de escuelas laicas, cercana al pensamiento de escuela integral de Robin y de la naturalidad infantil de Piaget, imbuida de un acentuado racionalismo, se propuso superar la mediocridad (de medios y de contenidos) que imperaba en la enseñanza infantil, oficial y religiosa, de principios de siglo veinte. El primer signo de identidad –ya de por sí significativo– sería la coexistencia en las aulas de criaturas de ambos sexos; nada de separaciones discriminatorias; mismos conocimientos para unas y otros. Igualmente, nada de discriminación entre pudientes y pobres; mismo ambiente para ambos. Nada de privilegios entre edades. No existirían castigos humillantes ni exámenes castrantes. Se completaba el ambiente con la realización de ejercicios físicos, con el cuidado de la higiene, con las salidas a la naturaleza (pues ahí se encuentra la verdad en «su espléndida y sencilla majestad») y las visitas a las fábricas textiles de Sabadell. Después vendría el empeño en dignificar las aulas; huir de habitaciones oscuras, de sótanos destartalados con telarañas en los rincones y ventanas de cristales rotos. Los contenidos introducirían el Renacimiento y la Ilustración. Las mentes infantiles no tenían que ser condicionadas por creencias religiosas ni autoritarismo docente, serían ellas mismas las que elaborarían su interpretación de la realidad, una vez hubieran analizado el material que se les presentaba y los sucesos con los que se encontraban. Sin proselitismo. Acabaría el oscurantismo. La lección magistral dejaba de tener sentido. Se unirían el trabajo intelectual y el manual. Para ello, estaban alrededor: Jaquinet, Lorenzo, Odón de Buen, Maseras, Torner, Casasola, Cardenal, Rojo, Morral, Villafranca, Prat, Litrán…, que, a su vez, colaborarían en difundir el método a otros barrios y a otras localidades (1).

Se mostraba necesario, por otro lado, innovar los textos escolares. Con ese fin se crea la editorial del mismo nombre, la cual sobrevive a su fundador, estando activa hasta 1914 (2). Tal era su importancia que el mismo Ferrer, en su testamento, deja señalado el título de los siguientes libros a editar así como los criterios a seguir. Contaba con ojeadores en los países donde la ciencia se innovaba y a ellos viajaba cuando había que adquirir los derechos de publicación. Las obras para la escritura manuscrita eran recopilaciones de pensamientos antimilitaristas, reflejaban la fiesta del universo en expansión o llamaban la atención sobre el patriotismo (¿Cuál es la patria del pobre?, se preguntaban). Incluía, además, material de apoyo escolar: láminas, cuadernos, indicaciones de botiquín escolar, postales e, incluso, partituras musicales con letras vitales. Desde Nuevo silabario de C. Gomis (1902) a La gran revolución de P. Kropotkin (1914), vieron la luz 54 títulos (en 75 volúmenes), entre ellos el señero El hombre y la tierra, de Eliseo Reclus (1906-1909, seis volúmenes), distribuidos por escuelas, sindicatos, centros de diverso cariz, etc. Mucho dinero invertido, procedente de las rentas y la gestión financiera de la herencia de la Meunier.

Restaba el hacer partícipe a la sociedad de este proyecto. Se edita, así, el Boletín de la Escuela Moderna, se organizan cursos nocturnos para gente obrera, se llevan a cabo charlas dominicales, veladas teatrales, conciertos… Tras el convencimiento que tenían sobre el poder transformador de la enseñanza, La Escuela Moderna era parte del engranaje de la máquina que llevaría a la Revolución Social.

¿Qué decir de la figura de Francisco Ferrer Guardia (14 enero 1859-13 octubre 1909)? Con el tiempo se ha convertido en un hontanar en el que beben los más variados discursos (3). Hombre inmerso en intrigas políticas, la última de las cuales le llevó a un largo exilio en París (1886-1901). Trabajador de diversos oficios (ayudante de comerciante, revisor de tren), según apretaba la necesidad, terminó siendo profesor de español, y transmitió con provecho no sólo las letras, sino el ímpetu de sus ideas, tanto que fue beneficiado con una suculenta propiedad a la muerte de su alumna Ernestina Meunier en 1901. Su vida conyugal no gozó de tranquilidad; su primera mujer –Teresa, madre de Riego–, le apuñaló en una ocasión. Con Leopoldina Bonnard inició la aventura de la Escuela Moderna. Y en el devenir de esta cambió su compañía por la de una joven maestra –Soledad Villafranca–, mujer que acaparaba la admiración de otros colaboradores del innovador proyecto educativo (si hemos de hacer caso a los sabrosos comentarios de Federico Urales (4).

¿Qué queda de aquello? Ahora que se cumple el aniversario de la muerte de Francisco Ferrer Guardia, encontramos algunas pistas que nos dan claves para responder a esta pregunta. Por un lado, las organizaciones libertarias están realizando actos de divulgación de la experiencia y, por ende, de sus concepciones sobre enseñanza. La actual debilidad de este movimiento hace que su eco quede reducido a ambientes internos (si bien internet facilita su difusión y disponibibilidad), quedando la práctica de la enseñanza libertaria reducida a la Escuela Paideia de Mérida y a otras experiencias más esporádicas, con reducido eco, si bien entusiastas.

Por otro lado, topamos con la programación de algunas instituciones oficiales, que celebran el centenario del fusilamiento del fundador de La Escuela Moderna, haciéndose eco de su obra. Sobresale en este punto el Ayuntamiento de Barcelona, el cual lo enmarca en el despliegue montado en torno al tema de lo que supuso la Semana Trágica en la Ciudad Condal. Aquí nos encontramos, también, con la existencia de la Fundación Francisco Ferrer, situada en ámbitos de enseñanza y laicidad, ajenos al mundo anarquista. No olvidemos el monumento erigido en memoria de Ferrer en Montjuich –réplica del levantado en Bruselas en 1911– y los diversos colegios que llevan su nombre.

¿Qué celebran estos homenajes oficiales? Las crónicas nos informan de ello (véase, por ejemplo, la de El País, vienes, 16-10-2009). Bien surtidos de dinero público, con comités de centenario y presidencias de honor, tienen capacidad para cubrir el viaje y gastos de cinco alumnas/os de La Escuela Moderna de Nueva York (1911-1953), quienes se sorprenden ante el eco que tienen en Barcelona estas celebraciones. En los actos se habla de que la enseñanza racionalista trataba de hacer personas libres, sinónimo de responsables, de que pretendía un mundo más equitativo (al igual, claro, que quienes se encuentran allí), de que Ferrer fue asesinado por la reacción por enseñar a pensar.

En ningún momento se toma en serio la postura antipolítica de Ferrer, su lucha contra estas instituciones por creerlas una fuente de privilegios, de arbitrariedades, especulación y favoritismos. Queda diluido, sin más, su internacionalismo. Para qué hablar –pensarán– de su anhelo por subvertir el orden establecido, derribando la sociedad capitalista, en orden a la creación de una sociedad libertaria. No procede mencionar en estos fastos el antimilitarismo. Ni nos entretendremos con aquello de erradicar «de raíz la semilla de la desigualdad y sentar como fundamento inconmovible la justicia entre las relaciones humanas». Los presupuestos municipales contemplan una partida para lamentar la desaparición de La Escuela Moderna, pero no dudan en enviar a la policía para desalojar la escuela racionalista que ha montado en el barrio un grupo en la fábrica ocupada. Como canta Cohen, «los dados están cargados».

A los cien años de la existencia de La Escuela Moderna podemos decir que su sueño –la extensión de la enseñanza a toda la sociedad– no ha dado los resultados igualitarios que prometía. La sociedad (al menos, la neocapitalista) se alimenta de la estela de las revoluciones.

1) Pere Solà i Gussinyer ya mostró en 1976, con Las escuelas racionalistas en Cataluña, la implantación que tuvieron en esta tierra. Estudios posteriores los ha hecho con Levante (Lázaro Lorente) y otros lugares. Es de señalar la acogida que tuvo fuera de España, principalmente en América, donde destaca por su longevidad la School Ferrer de New York (1911-1953); buena parte de quienes pasaron por allí aparecen en el inestimable libro Voces anarquistas, de Paul Avrich (2004), donde se muestra que el alumnado ha llegado a puestos destacados en los ámbitos culturales y de arquitectura (no saliendo, por el contrario, nadie dedicado a las altas finanzas).

2) Ferrer legó la editorial a Lorenzo Portet (Jaime Busquet), el cual la vendió en 1914 a Maucci, asentada editorial comercial del momento. Maucci reeditó las obras más señeras e inició, en noviembre de 1915, la colección Los Grandes Pensadores con el sello Publicaciones de La Escuela Moderna, al cuidado de Cristobal Litrán.

3) Atiéndase, si no, a dos de las últimas obras sobre él: Pólvora negra, de Montero Glez (Planeta, 2008), y ¿Quién mató a Ferrer i Guardia?, de Francisco Bergasa (Aguilar, 2009).

4) En los comentarios que hace en las últimas ediciones del libro Sembrando flores –verdarero best seller de la época–, nos deleita con esos dimes y diretes a los que acostumbra el padre de la, por entonces, recién nacida Federica Montseny. Con el título Sembrando flores. Segundo libro de lectura, vio la luz en Publicaciones de La Escuela Moderna en 1906; entre esta y Maucci conocería cinco reediciones. Hacia 1924 comenzaron las ediciones en editorial La Revista Blanca con el título Sembrando flores. Novela de una vida ideal.


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Artículo de Antonio Orihuela con la colaboración de Fátima Lazcano Leyva y Lorena Rivera Anaya, publicado por el MACBA

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