Sábado, 27 de mayo de 2017|

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Monografías del exilio español

BREVE RESEÑA DE LA DIÁSPORA REPUBLICANA DE 1939

No habían hecho más que comenzar los terribles fríos de aquel gélido y duro invierno de 1939, cuando inmensas mareas humanas caminaban cansinamente por atestados caminos y senderos anegados de agua, hielo y barro. Avanzan lentamente, cual siluetas fantasmales, por entre la pertinaz lluvia y abrazados a una espesa niebla que todo lo cubre y rodea, en la que logran adivinarse, acurrucados en los brazos de sus madres o asidos a unas sucias y desgarradas faldas, a niños ateridos y extenuados por la fatiga del camino.

Portan consigo en pequeños fardos, maletas o sacos, las escasas pertenencias que han podido salvar de sus hogares abandonados, y envueltos en mantas intentan protegerse del implacable frío que les azota. Fue un espectáculo dantesco y desolador que constituyó una de las etapas más dramáticas y conmovedoras de nuestra historia contemporánea, y que aconteció en todos los caminos que se adentraban en los Pirineos, en busca de los ya escasos pasos fronterizos del Pirineo catalán camino del exi- lio.

Nadie de los miles de derrotados de la Guerra Civil española, podía imaginar el final de aquella travesía que entonces emprendían, justamente en ese instante cuando lo real se impone a los deseos del triunfo de la República: “Deberíamos quedarnos aquí hasta que nos matasen; sería el testimonio de nuestra fidelidad a la república. Yo si no fuera por mi madre, así lo haría”.1 Todo desapareció como el humo, hasta las escasas fuerzas que algunos aun albergan en proseguir combatiendo, apercibiéndose de la soledad en la que se encuentran; y es que aquel régimen político fue asumido, en su mayoría, como un nuevo proyecto de vida en libertad.

Innumerables e incesantes preguntas hacen su aparición, viniendo acompañadas por las inquietantes dudas y vacilaciones, aunque no obtienen respuestas ni soluciones, siquiera si lograrán alcanzar prontamente esa tierra de salvación que está ahí, cercana, inminente. Cualquier catástrofe era creíble cuando se había perdido todo, no quedando mas que los malos presagios de la incertidumbre.

Todavía podía escucharse en la distancia el sordo rumor de los últimos combates y que, cada vez, se percibe más cercano: “El cielo: los aviones mas cerca. Ametrallamiento lejano. La carretera, los coches, cachivaches abandonados; el camión de la gasolina; a lo lejos un puente, un riachuelo. Nadie”. 2 Incluso la incursión de algún bombardeo franquista que trastoca ese caminar silencioso: “...roto únicamente por el ruido de los aviones “nacionales”, (italianos y alemanes), que se acercan, y por la alborotada búsqueda de un refugio protector. Los aviones bombardean y ametrallan a la muchedumbre de refugiados hasta la misma frontera, bajando a veces a poca altura para ajustar mejor el tiro”.3 En esos intensos y dramáticos momentos, miles y miles de hombres, ancianos taciturnos, mujeres desoladas, niños abatidos por la fatiga y soldados del vencido ejército republicano, anhelan encontrar en Francia la paz, hospitalidad y solidaridad, que en España les han sido arrebatadas por la fuerza de las armas. Huyen del horror de la guerra y de los fascistas, que durante tres años han masacrado todas las esperanzas de paz y libertad que el mismo pueblo español se había otorgado aquel lejano 14 de abril de 1931; haciéndose presente un pensamiento de la filosofía de la India: “Es precisamente el dolor lo que hace que el hombre pueda comprometerse en la vía de la liberación”; pues la libertad seguía y sigue teniendo, un más que alto precio en este mundo. Una vez concluido aquel fratricidio, no habría piedad para los derrotados, pues las guerras civiles “son imperdonables, porque la paz no nace cuando la guerra termina”. 4 Para nada servía la nobleza de los ideales, la justicia de la causa o la legitimidad de la acción. Las leyes primarias de la guerra se aplicaban en su forma más primitiva y, ante el desastre, no cabría mas que esperar la muerte, la cárcel o el exilio: “Empapada en sangre, España restañaba sus heridas sin dejar ningún margen al entendimiento o a la reconciliación. En la arrogancia del triunfo, los vencedores se enseñoreaban con la venganza y saciaban oscuros resentimientos en la euforia del desquite. Afloró la tortura, el asesinato y las prácticas vergonzantes de la delación. Las “limpias”, los vejámenes y los secuestros sin retorno, con su causa de odio, dolor y miseria, no tardaron en formar parte de lo cotidiano. Fue entonces cuando comenzó el éxodo...” 5 De España salía todo un pueblo, arrastrando con ellos a la gran mayoría de intelectuales, artistas, científicos, gremios sociales, gentes del pueblo y de la cultura “revelando la densidad cultural de un país y La España de 1936 era la más alta de toda su historia. Porque el medio siglo de 1886 – 1936 es, sin duda alguna, la segunda “Edad de Oro” de la cultura española”.6 Todos ellos convertidos en “una Numancia errante que prefería morir gradualmente antes de darse por vencida”, como pronunciara el embajador D. Luis Araquistain.

Fue el principio de una larga historia de dolor y sufrimiento, pero al mismo tiempo de dignidad y coraje para enfrentarse a esa nueva condición de refugiados que, para miles de ellos, fue como su patria o “como una dimensión de una patria desconocida, pero que una vez que se conoce es irrenunciable” como escribiera Dª María Zambrano.

Francia se había convertido, durante el periodo de entreguerras, en un país de asilo para miles de ciudadanos extranjeros, con los que aplicaba al pie de la letra su tradicional acogida a los desterrados de su patria por causa de la libertad: rusos, armenios, húngaros, rumanos, italianos antifascistas, judíos, alemanes y austríacos antinazis, checoslovacos, etc., así como otros seres humanos de la Europa Oriental que huían de sus países, víctimas de regímenes dictatoriales. A todos ellos se sumaron a partir del mes de julio de 1936, cuando llegaron a Hendaya, los primeros refugiados españoles después de la toma de San Sebastián y de Irún por las tropas franquistas. Con la rendición de Bilbao, Santander y Asturias, una segunda oleada de más de 100.000 refugiados arribó a tierras francesas. Del Alto Aragón, unas 25.000 personas huyeron a Francia en la primavera de 1938; pero la mayor parte de ellos, civiles y militares, volvieron a España por Cataluña; los demás fueron enviados al extranjero o acogidos en territorio francés.

Un último éxodo, éste por mar, se produce hacia el final de la guerra de España, antes de la rendición de Madrid el 1 de abril de 1939, en el que unos 12.000 refugiados lograron huir embarcados por distintos puertos mediterráneos, antes del bloqueo final, hacia las costas del norte de África y el sur– este francés.

La respuesta a toda esa trashumancia de refugiados españoles por los xenófobos y racistas franceses no se hizo esperar, dando comienzo en los medios de comunicación y en las ligas ultraderechistas a artículos y alegatos políticos expresando su odio enfermizo y visceral hacia el extranjero español.