Lunes, 22 de octubre de 2018|

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Monseñor Escrivá, fundador del Opus Dei

José María Julián Mariano Escriba Albás Contrán Blanc (más conocido como Josemaría Escrivá de Balaguer) nació en Barbastro, en 1902, en una familia de comerciantes arruinados. Torturado por su pobreza y guiado por la madre, se hizo sacerdote (1925). Años después obtendría el título de abogado (1927). Diabético crónico, nadie salvo Álvaro de Portillo (celestina y alter ego), médicos e íntimos, conoció su dependencia de la insulina.

Tímido y adulador con los poderosos, inseguro ante los extraños, tirano con los propios, para superar el complejo de inferioridad que lo embargó desde la cuna creó el Opus Dei (1928)*. Refugiado en esa concha, a prueba de historiadores y biógrafos inoportunos, dio rienda suelta a su misoginia y delirios de grandeza. Ocultó su inanería humana con insinuaciones equívocas, donde la milagrería a medias tintas era la salsa de sus manifestaciones. Así se forjaron mito, leyenda y santo.

En la capital, al estallar la Guerra Civil, se escondió, esperando pasarse al bando fascista. En 1938, alcanzó el cuartel general de Franco, en Burgos. A la vera del Generalísimo, inspirándose en la abadesa de las Huelgas Reales, aclaró sus ideas. Sería lo que, en sus mejores tiempos, había sido dicha abadesa. Escriba tendría de la mujer algo más que la “ñoñería” y la cursilería forjadas a la vera materna. A la caída de Madrid, en 1939, se paseó ufano con las tropas rebeldes, enarbolando el original de Camino, un manual de fascismo cristológico para comandos de sacristía; libro reelaborado en Burgos y en “el frente de Madrid”, inspirándose en “el Caudillo”, y que daría a la imprenta el “Año de la Victoria”, como no olvidó señalar.

Las adulaciones sembradas en Burgos y en Camino le abrirían las puertas de “la gloria”. La España Imperial alimentaría las ansias de desquite de este humilde hijo de un tendero de paños de Barbastro venido a menos.

Establecido en Roma, en 1946, exigió a los miembros del Opus ingentes cantidades de dinero para pagar sobornos y conseguir títulos. Y cuando sus “hijos” alcanzaron el poder (1969), las sangrías al país, en su nombre, fueron permanentes. El futuro santo acuñó, para justificar robos y estafas, fraudes y desfalcos, una frase divina: “Había que gastar todo lo que se debiera, aunque se debiera todo lo que se gastara.” Con esta bula en mano, y él como mentor y padrino, sus hijos saquearon al pueblo español, consiguieron subvenciones, se adueñaron de bancos, crearon sociedades ficticias, apoyaron dictaduras, encumbraron a déspotas, y terminaron, siguiendo el ejemplo de “El Padre”, santificando el oro y el dinero que produce el dinero: la especulación pura y dura. “La Obra”, como el velero en La Canción del pirata, iba viento en popa, a toda vela. Su estela, al amparo del “¡Nos han hecho ministros!” que exclamara Escriba, tiene nombres: Banco Popular, Esfina, Credit Andorrá, el Banco Atlántico, Bankunión, etc., y descubre un mundo de estafas y robos que se traducen por Matesa, Sodetex (en Francia y Luxemburgo), Imefbank (Suiza), Rumasa, en los que, por no faltar, no faltan los asesinatos (Jean de Broglie y Louis Meleux, en Francia)**.

El dinero, conseguido al amparo de Centro de Investigaciones Científicas y otros centros oficiales que controlaban los hombres del Opus, sirvió para comprar el majestuoso palacio de Bruno Buozi en Roma y suavizar el desagradable recuerdo de la “mísera” casa paterna que lo vio nacer y ordenó destruir. Este hombre, que no dudaría en decir que España era el lugar donde menos oportunidades y ayudas había tenido el Opus, inmerso en el mundo onírico de sus complejos, traumas, ambiciones y autoadoración, oculta a quienes le escuchan que, al comienzo de la década de los setenta, si el número de afiliados al Opus era, en el mundo entero, de 60.000 personas, más del 85% eran españolas. Oculta también que el título de obispo, que tanto había deseado y esperado recibir, no dependía de España. Su admirado Caudillo le presentó en varias ternas al Vaticano, y éste lo rechazó. Calla igualmente que de los veintitantos primeros títulos, condecoraciones, birretes, etc., 19 se le habían concedido en España, gracias a que los miembros del Opus podían permitirse el lujo de halagar el afán compulsivo que tenía de gallear, con elegante y altiva humildad, ante las cámaras. Tuvo el privilegio de poderse cambiar de apellidos para darse más lustre; se le concedió el marquesado de Peralta; la Universidad de Zaragoza le concedió el título de Doctor honoris causa; fue miembro del Colegio de Aragón; la Universidad de Navarra lo nombró Gran Canciller (concesión explicable porque no es la Universidad de Navarra, sino la universidad que el Opus se construyó en aquel feudo); Pamplona le dio el título de Hijo Adoptivo, lo que hicieron también Barbastro y Barcelona; y, mientras hacía profesión de su humildad pública y de glorioso autodesprecio, era condecorado con la Gran Cruz de San Raimundo de Peñafort, la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio, la Gran Cruz de Isabel la Católica, la Gran Cruz de Carlos III y la Gran Cruz de la Beneficencia, que los miembros del Opus le ofrecieron para calmar un síndrome de abstinencia que arrastraba desde la cuna. Y, embarcados en la misma línea, de España también saldrían los millones de euros que pudieron hacer de él primero beato y, años después, santo. Títulos que, como es lógico, no pudo recibir oficialmente en vida, y que él negó reiteradamente que los mereciera -la forma más clara de decir que no podían faltar en su currículo. Un fallo cardíaco, en 1975, le dio la oportunidad de gozar de ellos.

“Sus hijos”, “élite” y “tropa”, por no saber de él, ni siquiera sabían su nombre de pila. Habían sacrificado tiempo, sueños, fortuna y sangre desviviéndose por un fantasma, un vampiro insaciable, ególatra inane, envuelto en celofán y merengue. –––––––––––––––––––––––– * Fecha declarada. La real no pudo ser anterior al final de la Guerra, es decir, a partir de 1939.

**La punta del iceberg. Consultar a J. Ynfante: Opus Dei. Así en la tierra como en el cielo. Cap. 12. Grupo de presión internacional. Escándalos financieros. (Grijalbo; Barcelona, 1996).