Viernes, 15 de diciembre de 2017|

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Queimada Ediciones presenta Camille. Viñeta amorosa

Estamos, en mi opinión, ante un texto profundamente literario. No hay duda de que Camille es literatura, en el sentido más artístico de la expresión, pero también más exigente. Camille requiere un esfuerzo por parte del lector, o no tanto, tal vez, si decide deslizarse por las letras, dejarse llevar por el autor dentro de un texto que tiene mucho de onírico y que no necesita ser entendido del todo, al menos racionalmente. Camille tiene una música propia, y me parece que responde a la mente del autor, Martín Parra, una mente distinta que, por lo tanto, genera distinto tipo de obras. Me acuerdo que una vez le oí decir a María España Suárez, la viuda de Francisco Umbral, que a los escritores nos funcionaba la cabeza de forma diferente. Pues bien, creo que eso es lo que ocurre con Martín Parra y con Camille: esta obra es el fruto de una mente diferente, una mente artística, literaria, en el mejor sentido de la palabra. El lector quiere algo diferente, algo diferente a lo que oye y lee todos los días, libros, revistas, periódicos, etc. Creo que fue Aristóteles en su Retórica -seguramente esta idea la han formulado también otros- el que dijo que el discurso literario respondía a una especie de condición de "extranjero", y que creaba una extrañeza en el lector, similar a la que crea en nosotros una lengua extranjera, o, mejor, un mundo distinto, con unas sugerencias y unas coordenadas distintas. La lengua literaria suena distinto y significa distinto, es y no es la lengua de todos los días, pero también se mueve en un plano que podríamos llamar superior, o simplemente artístico. Utilizamos la palabra arte para entendernos, pero no tantas obras impresas y publicadas son fieles a esa palabra, a ese marchamo. Efectivamente, la obra literaria tiene que ofrecer algo diferente. Si nos encontramos ante las mismas palabras de todos los días perdemos el interés. Las mismas palabras, las mismas ideas, las mismas historias... El escritor, el auténtico escritor, ya lleva incorporada esa capacidad de crear extrañeza, una extrañeza agradable, sugerente, y por qué no, misteriosa... por sus propias características humanas, por su vocación -que según Martín Parra es "obsesión", y así me lo ha dicho-, pero también por su preparación, por las múltiples lecturas que suele hacer, entregado a la literatura y haciendo de la vida literatura y de la literatura vida. Es difícil resumir Camille, contar la historia que encierra. Dentro de ella, en forma de viñetas, hay una especie de diario sin fechas que cuenta un amor y un desamor, con toda la complejidad que comprenden ambos y las líneas que abren, vitales y literarias. Dentro de Camille hay un hombre que escribe, un escritor, puede ser el correlato del autor o no. Yo lo sé, pero porque me lo ha dicho el propio autor; sin embargo el texto crea sus propias leyes y se habla a sí mismo al mismo tiempo que se dirige al lector, elocuente en cuanto texto literario, ya independizado de quien lo ha creado. Por tan misteriosa, Camille es tan sugerente, y ya digo que suena y es literatura, al menos para mí. Se adivina en ella y en Martín Parra lo que comúnmente en el ámbito literario se llama un escritor de raza. ¿Qué es un escritor de raza? Alguien abocado a escribir, destinado a escribir, en cierto modo condenado a ello, pero gozosamente, porque la escritura sublima el mundo y el mundo del que escribe, mientras lo expresa, mientras se expresa, mientras lo inventa y trasciende. Crea arte, deja un rastro de arte, un camino que otros, los lectores, pueden transitar, como un gran viaje, con todo el placer y, en ocasiones, las dificultades que entraña todo viaje. No hablo de turismo, hablo de viaje, auténtico y verdadero, como auténtico y verdadero escritor me parece el autor de Camille.

Eduardo Martínez Rico