Jueves, 29 de junio de 2017|

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Reseña del libro: "Escuela de rebeldía"

El 10 de marzo de 1923, pistoleros del llamado Sindicato Libre, una banda de sicarios financiados por la patronal catalana y protegidos por el siniestro gobernador civil Severiano Martínez Anido, asesinaba en el barrio barcelonés del Raval a una de las figuras más destacadas del movimiento anarcosindicalista en España: Salvador Seguí, más conocido como ‘El noi del sucre’. Pocos días después de su muerte, se publicaba su singular contribución a la literatura, más cercana al cuento que a la novela: Escuela de rebeldía. Su protagonista, Juan Antonio Pérez Maldonado, inmerso en una huelga revolucionaria en la ciudad, corre en la ficción la misma suerte que su autor en la vida real, y en circunstancias muy similares. “Cayó de espaldas en mitad de la calle”, concluye el texto de forma premonitoria. “Sus compañeros se acercaron a socorrerlo; pero era inútil; el proyectil le había destrozado el corazón”.

Haciendo honor a su tradición de rescatar rarezas con frecuencia descatalogadas en su colección Biblioteca Portátil, el sello cacereño Periférica -ejemplo perfecto de cómo la artesanía literaria de bajo coste puede sobrevivir a la competencia de los grandes grupos editoriales- ha sacado del desván esta ‘nouvelle’ casi exótica, de más valor documental que literario, ingenua y sencilla, sentimental y pesimista que, con todos sus defectos, ilustra las luchas sociales que, sobre todo en Cataluña, marcaron las primeras décadas del siglo XX y abocaron a la implantación de la dictadura de Primo de Rivera y los desastres posteriores.

La lectura de Escuela de rebeldía exige al lector unos conocimientos mínimos de la época convulsa en la que se desarrolla la acción, así como de la biografía de su autor, un revolucionario autodidacta, que jugó un papel muy activo durante la Semana Trágica de 1909, luchó por la unidad de acción de los dos grandes sindicatos, el socialista UGT y el anarquista CNT y, como secretario general de este último, se opuso a los sectores radicales más partidarios de la violencia para derribar el sistema.

Es imposible saber cuál habría sido la trayectoria de Seguí de no haber muerto en torno a los 37 años (hay dudas sobre su fecha de nacimiento), pero ese trágico final le garantizó un lugar de privilegio en el santoral libertario. Su memoria se cuida de forma especial por la fundación que lleva su nombre, creada en 1986 con el objetivo de “recopilar, ordenar, conservar y divulgar la documentación referente al movimiento obrero, anarcosindicalismo y movimiento libertario”.

Seguí está enterrado en el cementerio barcelonés de Monjuïc, cerca de la tumba de Francisco Ferrer i Guardia, fundador del experimento pedagógico libertario Escuela Moderna, convertido en ‘bestia negra’ de la Iglesia y sus aliados ultraderechistas (en el Gobierno y en la patronal), que se le tenían jurada y que se cobraron cumplida venganza. En la represión posterior a la Semana Trágica, Ferrer, condenado como autor material de incendio de un convento en un juicio sin garantías y sin pruebas concluyentes, fue condenado a muerte y ejecutado, el 13 de octubre de 1909, en el castillo-prisión de Monjuïc, el mismo que Ruiz Zafón convierte casi en personaje en su última novela, El prisionero del cielo.

La influencia de Ferrer i Guardia en ‘El noi del sucre’ se hace notar en las páginas de la novelita póstuma de éste último, en las que el protagonista, huérfano emigrante convertido en anarcosindicalista, empujado por la desigualdad, la explotación y la represión, sostiene: “Si nos apoderemos de las escuelas, nos apoderaremos enseguida de la sociedad”. Para Seguí, como para Ferrer, la educación y la cultura eran armas que debían ponerse al servicio de la emancipación de la clase obrera.

Escuela de rebeldía ofrece además esporádicos apuntes de la realidad social y económica de la época, como la descripción de los apuros del protagonista y su mujer, que termina muriendo de tuberculosis. De las 56 pesetas semanales que Juan Antonio Pérez Maldonado ganaba trabajando en una imprenta, 21 se iban en pagar el alquiler de una modestísima habitación, y el resto en comida, vestido y (como único ‘lujo’) unas 7 pesetas para café y tabaco.

Recogido del blog de Luis Matías López en Público.es: "El ojo y la lupa"