Lunes, 11 de diciembre de 2017|

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Saqueo, corrupción, recorte de libertades, muertes (asesinatos). Este libro de Queimada Ediciones, nos pone al día

Tu casa no es tuya, es del banco (Queimada Ediciones)

Los derechos de autor de este libro irán destinados a la PAH de Vallecas por expreso deseo de los autores.

Hemos visto a lo largo de este texto como se ha desarrollado el drama de la vulneración del derecho a la vivienda en nuestro país en las últimas décadas. Hemos recorrido los devastados territorios de la emergencia de la mayor burbuja inmobiliaria de nuestra historia, las espeluznantes imágenes de las urbanizaciones abandonadas y de los esqueletos de los edificios que nunca se podrán vender. Los autores nos han narrado, con todo lujo de detalles, cual es la situación de las miles de personas atrapadas en los márgenes de un sistema que se derrumba cuando todo parecía ir mejor. Hemos conocido el lado oscuro de la prosperidad y las razones de la debacle. Nos han propuesto, también, alternativas reales, de menor a mayor radicalidad, que podrían constituir el armazón de una solución operativa para miles de familias y de una política global de vivienda enteramente diferente. Hemos vivido las luchas y las resistencias de quienes afirman su dignidad frente a la apisonadora de la crisis y de las necesidades del gran Capital. Nos han sido presentados, por último, muchos de los más ilustres causantes de la burbuja que dio inicio al derrumbe, de los que nos empujaron a la cima de la montaña desde la que nos precipitamos al abismo de la precariedad y los desahucios.

En este recorrido hemos tratado de confrontar, de una vez por todas, varios conceptos centrales del discurso de los poderosos sobre el tema de la vivienda y los desalojos. El principal de ellos es la idea de la culpabilidad de las víctimas, de las personas que, arrastradas por el vértigo creciente del consumismo y la precariedad (fenómenos paralelos que sólo podían convivir en base a la expansión irracional del crédito fomentada por las entidades financieras, las constructoras e inmobiliarias, y los poderes públicos), cometieron el error de creerse los cantos de sirena de quienes se estaban llenando los bolsillos en la seguridad de que, en el caso de hacer malos negocios, seríamos el conjunto de los ciudadanos quienes limpiaríamos sus balances, como así ha ocurrido.

Para entender lo que ha pasado, no estaría de más leer estas palabras del magistrado y catedrático de Derecho Civil Miguel Pasquau Liaño, en el libro Desahucios y ejecuciones hipotecarias de la editorial Tirant Lo Blanch:
«Nuestra generación de juristas se ha formado, quizás sin saberlo, en el contexto del favor creditoris y en la lógica de la protección del crédito. Piénsenlo. Hemos aprendido como los conceptos del Código Civil se reinterpretaron a mitad del siglo XX para torcer algunas cautelas al servicio del deudor con la finalidad de fomentar el crédito. Y a finales del siglo XX, decididamente, para preparar un terreno de juego propicio para el mercado de capitales (…) La LEC 2000 puso los medios ejecutivos al servicio de la íntegra satisfacción del crédito, y el deudor de buena fe no es sino una víctima colateral que en realidad ni “existía”, porque no aparece ninguna referencia a su situación patrimonial, a las causas —culpables o no— de su insolvencia, a sus posibilidades de rehabilitación: la ley procesal sólo contempla una deuda líquida, exigible y ejecutable, considerada en sí misma, recortada y extirpada de la realidad en la que se ha producido. En un contexto de crecimiento y de concentración de capital ello tiene su lógica. No fue por olvido, no fue un error de omisión, sino una opción política.»

Una opción política preñada de sufrimiento para los sectores más vulnerables de la sociedad, una opción política consciente que ha de iluminarnos un aspecto esencial de este drama: mientras los que se llenaron los bolsillos y cambiaron la legislación para poder hacerlo afirman su inocencia («son cosas de los negocios que no podíamos prever») para que, entre todos y todas, salvemos sus empresas «demasiado grandes para caer, las personas que trabajaban, que vivían vidas honradas y domésticas, que se levantaban todos los días temprano en la mañana en los barrios populares, son las auténticas culpables, las que deben pagar el precio de la crisis con su sufrimiento, su dolor y su desesperación. Seamos serios: si alguna culpa nos atañe a todos, es la de no haber terminado antes con todo esto derribando el edificio de corrupción y latrocinio que estaba detrás del brillante decorado del régimen.

Y ese es otro de los grandes conceptos con los que nos bombardean los poderosos que debemos confrontar: el de la pasividad. Nada puede hacerse. Esto no tiene solución. Es una triste realidad ante la que hay que reaccionar dejando espacio a la beneficencia privada y a la presuntamente profunda humanidad de los directores de las sucursales bancarias.

Hemos visto que no es así, que la gente se revuelve, que lucha por lo suyo, que erige alternativas edificadas con la mixtura casi mágica de la solidaridad y la cooperación, de la iniciativa popular y la construcción de espacios comunes, frente al vértigo inmisericorde de los desahucios, las detenciones de activistas y, muchas veces, la miseria más atroz.

Las alternativas son simples, están al alcance de nuestra sociedad. Podrían implementarse con voluntad política y un mínimo de racionalidad por parte de los poderes públicos. Pero son peligrosas para los poderosos, para los que se han aprovechado de la burbuja, porque en el fondo remiten a elementos centrales del actual régimen de acumulación del Capital y a la arquitectura política que nos rodea, en plena caída libre tras las luchas sociales de los últimos años.

Lo cierto es que es un asunto de democracia: de determinación colectiva e igualitaria, de para que deben usarse los recursos comunes, cuáles deben ser dichos recursos, cómo se puede regular, limitar, disciplinar o abolir, la posibilidad de que los ricos y poderosos acumulen poder y riquezas empobreciendo y precarizando las vidas de los más.

La Obra Social de la PAH, la resistencia a los desahucios, las luchas continuas de las gentes de esa misma Plataforma, de Stop Desahucios, de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas y el Capitalismo, de los Grupos y Oficinas de Vivienda de las Asambleas Populares del 15-M, de las asociaciones de vecinos, muestran la voluntad de resistir y de erigir alternativas de un pueblo que se construye a sí mismo mientras coopera y sufre, mientras participa en decir y hacer el mundo de otra forma. Ese el auténtico proceso constituyente que ha de interesarnos: el del contrapoder popular, el de las iniciativas ciudadanas, el de los barrios y pueblos reencontrándose consigo mismos, y reencantándose por el camino.

Frente a la imagen de esas luchas, de esas resistencias, muchas veces desesperadas al tiempo que creativas, es normal que recordemos el verso de Cavafis: «Honor a todos esos que en su vida/ Termópilas marcaron y las guardan». Un honor que, como dice el poema, no disminuye sino aumenta si se prevé que Efialtes (el traidor de la batalla) puede aparecer al final y provocar una momentánea derrota.

Hay que recordar que es en este contexto de crisis y devastación, en el que la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), puede preciarse de haber paralizado, a fecha de 22 de octubre de 2014, mediante la presión popular, 1135 desahucios; y de haber realojado, en el marco de su campaña de Obra Social, a 1180 personas.

Es sólo un inicio, la marca que insinúa una posibilidad: la de la actuación directa de los ciudadanos para resolver sus problemas, la de una democracia participativa y profunda basada en la conciencia de las clases populares. Las plataformas y oficinas de vivienda, tejidas con los mimbres de la organización asamblearia y de base, y con estructuras enraizadas en los territorios locales, han sabido entrar en su momento en una virtuosa comunión con las maneras y las dinámicas del Movimiento 15-M, manteniendo su pluralidad ideológica constitutiva y la centralidad de determinadas prácticas específicas (como la resistencia pacífica a los desahucios o la ocupación de inmuebles vacíos, propiedad de la Banca) que, desde una perspectiva pragmática, pero al tiempo rupturista, han permitido la expansión social de su imaginario entre los grupos concernidos por el problema de la vivienda y el conjunto de la ciudadanía.

Quienes escribimos estas líneas hemos sido testigos de asambleas en las que personas de muy diversa extracción cultural e ideológica trataban de hallar soluciones a un problema común y de índole social, desde el recurso a sus habilidades propias y a los actores y agentes locales, movilizando sus capacidades y creciendo, en un proceso de empoderamiento popular indudable. Esa es la base de una sociedad recuperada por los más, y de una solución compartida y cooperativa al problema de la vivienda: que nunca abandonemos a los vividores y aprovechados de toda laya la gestión y la defensa de los intereses comunes. Que afirmemos lo común (ese mundo real de cooperación que, en los intersticios de nuestra sociedad, está creciendo en este instante) frente a los devastadores abismos a los que nos empuja el proceso de acumulación del Capital.

En eso siguen muchas y muchos. Y ahí nos encontraremos. Creando el espacio de un encontrarse que abra nuevas posibilidades para los deseos y las fuerzas laboriosas de los ciudadanos agrupados en torno a objetivos colectivos.

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