Miércoles, 18 de octubre de 2017|

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Si tiran tu puerta, levanta una barricada

No me gustaría que por el abuso de poder del Estado un día a la 1.30 de la madrugada violaran mi domicilio 20 guardias civiles con sus correspondientes armas y perros (de los de cuatro patas), atropellando y vulnerando todos mis derechos y los de los que habitan bajo mi mismo techo, para ser conducido a la Audiencia Nacional y estar cinco días incomunicado, de los cuales varios sometido a torturas.

No es una película, es la historia de los detenidos de Egunkaria.

Cuando ves a Acebes, en el 2003, haciendo unas esperpénticas declaraciones sobre el cierre de Egunkaria, afirmando que lo hace por el bien de la cultura vasca, se te revuelve el estómago por ver hasta donde es capaz de llegar el gobierno de turno para conseguir sus fines y castigar a sus opositores o simplemente a los que recelan, con motivo. Cargarse sin causa alguna un medio de comunicación por el simple hecho de ser un diario íntegramente en euskara, la niña bonita de la cultura vasca como dice el propio Martxelo Otamendi, exdirector de Egunkaria y director de Berria, debió producir un orgasmo generalizado en la Moncloa, superior al del cierre de Egin en el 98. De un plumazo enseñaban a esos vascos separatistas empeñados en usar, conservar y fomentar el uso de su lengua que nadie se escapa del Estado cuando este quiere enseñarte quien manda y está dispuesto a pasarse por donde se sienta los derechos humanos. En el siglo XXI, la nueva era de la lucha contra el terrorismo, cualquier terrorismo que no sea el de estado (que se lo pregunten a Galindo, cargado de medallas y algunos muertos, cuatro años a una sombra soleada y a pasearse por la ciudad como cualquier jubilado), se abría la veda y con la coartada que para ellos supone ETA y bajo la sombra de sospecha de pertenencia a ésta, de repente todo valía, aún más. Así pues, primero golpean, luego preguntan y si no gusta la respuesta vuelven a golpear para encerrarte y tirar la llave.

Tuve la oportunidad de ver a Martxelo explicar como fueron las torturas que le infligieron, fue en un documental de la BBC, no en un “panfleto de los radicales” como dirían los españoles de pro, y la verdad es que su testimonio me mereció toda la credibilidad y me provocó indignación, rabia y vergüenza por vivir en un país donde estas cosas “no pasan”, donde nadie te coloca una bolsa de plástico en la cabeza, son sólo invenciones de terroristas. Martxelo no es un terrorista, ha explicado hasta la saciedad que ni él, ni el periódico que dirigía, tenían nada que ver con ETA, ni tenían conexión alguna con la banda. Otamendi explica que le dijeron: aquí todo el mundo canta, cuanto antes lo hagas mejor. Fue vejado por su orientación sexual, haciéndole colocar en posturas humillantes. Fue torturado durante tres días y era una figura relevante y prestigiosa de la sociedad vasca.

Pero lo más terrible de este caso no es que la sospecha de un guardia civil y la decisión de un juez, aquel que secuestró el número de El Jueves sobre los principitos, llevan a cometer uno de los más graves delitos en democracia que es el de cerrar un medio de comunicación, aunque en un país donde se ilegalizan partidos esto es una menudencia. Lo terrible es que 7 años después del cierre, del secuestro de 10 inocentes y la tortura de 6 de ellos, algunos miembros muy destacados de la cultura vasca de reconocido prestigio profesional y social, después del estupor de la sociedad vasca y de la demostración de su repulsa en una de las mayores manifestaciones que se han visto en Euskal Herria, la fiscalía se haya retirado y la denuncia siga adelante por la acusación particular de la AVT y de “Dignidad y Justicia”, asociación ultraderechista de la calaña de “Manos Limpias”.

Que el estado se salte a la torera la legalidad para mostrar su eficiencia o para ejercer un poder, que no le hemos otorgado, que la justicia actúe a golpe de teléfono del ministro que toque, que se puentee el estado de derecho, es muy grave. Pero que acusaciones llevadas a cabo por intereses particulares, oscuros, fascistas y sin fundamento alguno prosperen y sus denuncias sean aceptadas, no lo es menos. Así tenemos unas brigadas de buitres ultraderechistas sobrevolando el espacio pseudodemocrático, que saltándose el principio biológico de alimentarse de la putrefacción, vuelan en círculo, en busca del sustituto de aquel rojo que tan bien les supo antaño. Su pieza favorita es todo aquel que con su atrofiado olfato, desgastado por oler tanto muerto, despide para ellos el aroma del separatista, el destructor de su una, grande y libre, el que osa hablar otra lengua que no sea la de conquista, una pieza fácil porque puede ser acusado de terrorista, la palabra mágica para acabar con tus derechos de un plumazo. Defiendes el euskara, terrorista, publicas en euskara, terrorista, piensas en la independencia, terrorista, al hotelito de la Audiencia Nacional y si luego dices que te han torturado es la prueba fehaciente de que perteneces a ETA, pues estas haciendo lo que la banda le dice a sus miembros que deben explicar. Trágico. O sea, que eres víctima del estado, de la justicia y para colmo de la sociedad, porque ya han sembrado la sombra de la duda e incluso se ha instaurado con toda normalidad la creencia de que si perteneces a banda armada es normal que te saquen la información a hostia limpia y que la tortura es un bien en si misma. Como en los mejores tiempos de nuestra gloriosa dictadura, hay costumbres que han permanecido inalterables, según denuncian las asociaciones de derechos humanos.

No hablemos de los que se pasan varios años en la cárcel, sin altavoz alguno que recoja sus quejas, porque no son figuras mediáticas, para que luego les salga una condena de meses, o ni eso, y ni le pidan disculpas, ni le indemnicen por el tiempo regalado, indignantemente perdido.

Estos actos, estas detenciones, estas vulneraciones de los derechos humanos, estas acusaciones malintencionadas y de corte fascista tienen la función de meternos el miedo en el cuerpo. No te muevas, no actúes, no te impliques, no defiendas lo justo, no te organices, ni protestes aunque lo hagas en el uso de tus derechos constitucionales y respetando escrupulosamente las reglas de la democracia, porque ellos te vigilan, tienen poder, pueden acusarte falsamente y arruinarte temporalmente o definitivamente la vida. Entre la desidia del personal y el miedo, que existe, cada vez es más difícil ver caras nuevas dentro del activismo y encontrar relevo generacional.

Ayer se publicaba en un diario que Falange, Manos Limpias, Dignidad y Justicia y otros querellados contra el juez Garzón, por sus autos sobre la causa de los desaparecidos del franquismo, tenían acceso a todos los datos de las víctimas y de los familiares de éstas y que eso les asustaba por si podían sufrir alguna represalia. Aquí se lanzan varios mensajes, a cual más terrorífico, se dice que se tiene miedo, se da entender que el miedo es justificado y se hace evidente que es por haber ejercido un derecho que es el exigir verdad, justicia y reparación. Para una sociedad amedrentada todo esto se resume en una perversión, la denuncia del miedo hace que este crezca y que la gente se implique menos todavía en una lucha tan imprescindible para llegar a un estado de democracia, que resuelva esta transición abominable, donde los peores tics de la dictadura se han acoplado en simbiosis perfecta a esta monarquía constitucional. Por cierto, la Casa Real invitó a Egunkaria a alguna recepción, pero Otamendi tuvo a bien no ir.

Una sociedad con miedo es pasto del fascismo, una víctima fácil, un bocado suculento para las fauces del capitalismo salvaje, un gatito al que le han arrancado las uñas. Tenemos que rebelarnos contra todo eso, tenemos que mostrar que no nos amedrentan, tenemos que criticar todos los comportamientos anti-democráticos, no nos podemos esconder si queremos tener un futuro digno donde ser libres, no esclavos, pues nuestro miedo les hace impunes.

A los ciudadanos “normales”, a esos que piensan que todo funciona como debe ser y que si al malo, hasta que se demuestre lo contrario, que más da, le dan unas collejas y lo encierran unos añitos, no pasa nada. A esos, les diré que el ejercicio de empatizar es muy sano para la sociedad y para la democracia, que se pongan en la piel del afectado, que igual también era uno de los que opinaban como ellos. Me acuerdo de cuando uno de estos españoles, que andaba en el corredor de la muerte en los EEUU, solicitaba ayuda para demostrar su inocencia, entonces contaba apesadumbrado que él había sido un firme defensor de la pena de muerte, porque protegía a la gente de bien, hasta que se dio cuenta de que la gente de bien también podía estar en el corredor de la muerte, porque los seres humanos erramos, bien por negligencia, bien por interés. Ahora, una vez libre, creo que es un abolicionista que hace campaña contra la pena capital.

Clamor Republicano (extraido de www.loquesomos.org). Imagen: Primo Romero (Diagonal Aragón)