Domingo, 20 de agosto de 2017|

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Trabajar hasta la muerte

Bueno, pues parece que, gracias al gobierno, ya tenemos tema de conversación para rato (también para Rodrigo Rato, que tendrá que jubilarse más tarde, hay qué ver qué contrariedad; nosotros que deseábamos que lo hiciese ya…). Y es que no sé qué haríamos sin ellos… ¿Vivir mejor y más tranquilos, quizá?

La bomba estalló la semana pasada: el gobierno socialista quiere retrasar la edad de jubilación de 65 a 67 años. Así, a bote pronto, el comentario que se me ocurre al respecto es que cómo se nota que estos señores no han dado un palo al agua en toda su puñetera vida. Si no, de qué iban a salir con esto. Pero además, compruebo aterrado la lejanía del mundo en el que viven estos señores y señoras. Mucho más lejos de lo que nunca hubiera imaginado.

Porque en un panorama en el que hemos alcanzado la colosal cifra de 4.326.500 parados, y admitiendo el propio gobierno que este año podemos alcanzar el 20 % de desempleados, esta medida que se quieren sacar de la manga es simplemente absurda: si falta trabajo, ¿cómo queréis ampliar el espectro de posibles parados? Ah, ya: es que en realidad lo del 20 % de la población activa en paro es un objetivo para vosotros. Sois así de chungos… ¿Qué será lo próximo? ¿No jubilarnos nunca? ¿Trabajar hasta la muerte, hasta caer fulminados en el puesto de trabajo? Bueno, mejor no doy ideas…

Y es que parece que la intención de esta medida es mantener las cotizaciones a la Seguridad Social, por aquello del envejecimiento de la población y del ya manido “quién-nos-va-a-pagar-las-pensiones”. Bueno, creo que no hace falta repetir de nuevo que a ver si sois realistas de una vez y regularizáis ya a todos los inmigrantes (ilegales, según vosotros, como si un ser humano pudiera ser ilegal) que están currando de tapado. Si cada vez se tienen menos hijos (entre otras cosas porque no nos llega para mantenerlos, con las condiciones laborales que permitís y establecéis), y llega mano de obra del exterior, pues esto es lo que hay, sin más.

En cualquier caso, insisto, hay cuatro millones y pico de parados. Busquen la manera de que estas personas encuentren trabajo en condiciones (que al aumento de parados ha ido en paralelo el retroceso en las condiciones de trabajo, lo que constituye una vergüenza impresentable). Y después, ya hablaremos de las jubilaciones. Además, una pregunta: ¿han visto ustedes cómo llega un albañil, no ya a los sesenta y cinco, sino a los sesenta años? Bueno, eso si llega, que visto el cumplimiento en este país de la normativa de seguridad en el trabajo, nuestro albañil tiene bastantes más papeletas para irse al otro barrio de lo que sería mínimamente aceptable para considerarlo un “accidente”. Recordemos que el “terrorismo patronal” causa muchas más víctimas al año que cualquier otro tipo de terrorismo, y créanme que no pretendo ser demagógico en absoluto con este tema: simplemente llamar a las cosas por su nombre, y esto se llama terrorismo.

Claro, comprendo que ustedes no están demasiado acostumbrados a tratar con la clase trabajadora (ni siquiera con los camareros. Recordemos que nuestro querido presidente no sabía ni cuanto vale un café en un bar normal). Pero no se preocupen, ya se lo cuento yo: la edad de jubilación, al menos en determinadas profesiones, habría que rebajarla a los sesenta. Y háganme caso, pruébenlo ustedes también: jubílense ya, y dejen de fastidiarnos.

De todas maneras, lo que está pasando (despidos masivos en todas las grandes empresas, que cada vez necesitan menos plantilla para producir) viene a dar la razón a teóricos como Kropotkin, que en “La conquista del pan” ya argumentaba hace más de un siglo que con la creciente mecanización (ahora mucho más que en sus tiempos) cada vez iba a hacer falta menos esfuerzo físico, y por lo tanto menos trabajo, y habría que repartirlo, y repartir también su fruto. De esta forma, todos contribuiríamos (según nuestra capacidad y posibilidades, que varían de una persona a otra) y todos recibiríamos (según nuestras necesidades, que también son distintas para cada persona, dependiendo de su situación). Es de justicia: todos los que vivimos en un lugar tenemos el mismo derecho a participar de lo que produce ese lugar, esto es, a integrarnos en nuestra sociedad, colaborar con nuestro trabajo y conocimientos en su esfuerzo común, hacerla cada día más fructífera a todos los niveles y recibir una parte de lo que se obtenga con ese esfuerzo común. No debemos permitir que a unos les vaya de fábula a costa de que otros se mueran de hambre. Hagamos realidad aquello tan bonito de que “todos tenemos los mismos derechos”. Es del derecho a una vida digna de lo que hablo.

Claro, que ni los señores (y señoras) en el gobierno, ni tampoco ninguna oposición política, van a ayudarnos a conseguir una nueva sociedad más justa y solidaria. De hecho, harán todo lo posible por mantener el actual estado de las cosas, y con ello su “mundo” y sus privilegios. Y aquí es donde hay que enmarcar esta última medida del gobierno: cualquier cosa con tal de seguir manteniendo artificialmente un sistema que hace agua por todas partes. Un sistema, el capitalismo, basado en la obtención del máximo beneficio a costa de lo que sea. Un sistema que ha habido que reformar incontables veces, porque no funciona (recordemos el New Deal, la aparición del “Estado de bienestar” y tantos otros “apaños”). Básicamente porque consume velozmente todos los recursos, necesita esquilmar el resto de los “mundos” para el mantenimiento del “primero” de ellos, destruye el medio ambiente, y, en fin, termina produciendo artículos que, con tanto recorte de empleo y condiciones laborales, la mayoría de la población no podrá permitirse comprar, lo que resulta bastante contradictorio. Todo esto debería suponer la ruina del sistema pero, como digo, los privilegiados intentan por todos los medios seguir manteniéndolo artificialmente, como a un enfermo irrecuperable enchufado a una máquina.

Por lo expuesto, a “los de abajo” no nos queda otra que seguir defendiéndonos de sus ataques. A ver si algún día pasamos nosotros al ataque…

Roberto Blanco Tomás. Viñeta: San.