Miércoles, 20 de septiembre de 2017|

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Una carta de amor a Basilio M. Patino y ‘sus queridísimos verdugos’

Una carta de amor a Basilio M. Patino y ‘sus queridísimos verdugos’

Publicado en el Diario.es por Julia Luzán.

Emocionó cuando se exhibió en el pasado Festival de Cine de San Sebastián y ha cosechado largos aplausos cuando los espectadores han tenido la oportunidad de verla en Madrid y Salamanca. ‘La décima carta’, la película de Virginia García del Pino sobre Basilio M. Patino, recuerda cómo era el cine que hacía el autor de ‘Nueve Cartas a Berta’, ‘Canciones para después de una guerra’ o ‘Queridísmos verdugos’. Un descubrimiento.

“Esta es la historia de un español que quiere vivir, y a vivir empieza”. Versos de Antonio Machado para Nueve cartas a Berta (1965), la primera película de Basilio M. Patino (Lumbrales, Salamanca, 1930), que abrió la puerta a lo que dio en llamarse Nuevo Cine Español, con ecos lejanos de la Nouvelle Vague francesa. Concha de plata en el Festival de Cine de San Sebastián (1966), el filme supuso para Martín Patino el reconocimiento de la crítica y el público. Medio siglo después, una joven directora, Virginia García del Pino (Barcelona, 1966), le escribe La Décima Carta, una película que descubre el mundo del director y de uno de sus documentales más brutales Queridísimos Verdugos (1973), una de sus tres películas clandestinas junto con Canciones para después de una guerra (1971) y Caudillo (1974), rodadas en los bajos de su casa madrileña para escapar de la censura franquista y que no pudieron estrenarse hasta después de la muerte del dictador. “Él dice que las películas que hizo en clandestinidad, con dos amigos y casi sin medios, fueron las que mas disfrutó, porque las hizo en completa libertad. Estaba harto de lidiar con la censura”, señala García del Pino.

Subversivo, innovador, creador del falso documental, maestro del montaje, Martín Patino es el primero de los protagonistas de Cineastas _ Contados, una serie documental de largometrajes donde jóvenes cineastas retratarán a los maestros del cine español (Enrique Urbizu por Borja Cobeaga y Carlos Saura por Félix Viscarret serán los siguientes). Virginia García del Pino lo tuvo claro desde el principio, contar el hoy de un hombre con pérdidas de memoria, que habla poco pero muestra mucho. “Cuando los productores de Pantalla Partida me dijeron: piensa en una cineasta español de otra generación, yo inmediatamente me acordé de él. Porque yo hago documentales como Basilio, y además había tenido la oportunidad de verle en Barcelona, en un master donde yo doy clase, y me alucinó mucho la poca importancia que se daba”. Fue un flechazo. Ella, directora de cine de no ficción, videoartista, licenciada en Bellas Artes y directora de proyectos del Master de Documental Creativo de la Universidad Autónoma de Barcelona, busca con su cámara historias cercanas, cuenta historias de mujeres y hombres con dignidad ( Hágase tu voluntad, Lo que tú dices que soy o El Jurado),se acercó a Martín Patino con humildad: “Yo no soy el protagonista”, dice el cineasta a cámara. “Yo hice cine para superar momentos históricos españoles que eran horribles”.

Durante un año, desde febrero de 2013 hasta el día de la coronación de Felipe VI, en mayo de 2014, director y directora compartieron algún que otro recuerdo y muchas imágenes sin más. “Me agobia perder la memoria”, dice compungido Martín Patino, cuando no recuerda a qué pertenece lo que ve en la moviola, y que él mismo filmó tiempo atrás. “Es una película que duele, pero por uno mismo. Soy pesimista”, afirma Victoria García del Pino, “y quizá he hecho una película pesimista. Si hubiera rodado un biopic, no hubiera sido igual. He querido enfrentar la decadencia, porque es una manera de dejar huella. Aunque duela”.

Basilio M. Patino”, señala, “no está mal porque yo, obviamente, no hubiera rodado una película en la que se le viera mal. Él, a regañadientes, aceptó la propuesta y me dijo: salimos si quieres ahí los dos, sin hablar de nada”. Y así fue como comenzó la película. “Al principio, me desplacé con un equipo durante cinco días a Salamanca con la intención de rodar. Enseguida me di cuenta de que era imposible. Y no porque él tenga 84 años, sino porque no quiere. Entonces decidí que sólo quería estar cerca, ser su amiga. Lo que hecho es un retrato de dos seres humanos que se conocen. El relato es ése, ver cómo nos vamos conociendo”.

En La décima carta habla también un Basilio M. Patino en una entrevista inédita de mediados de los años ochenta rescatada por Virginia García del Pino. “Yo no quería poner nada de archivo, porque no creo que encuentres el retrato en el pasado ni que eso te dé la imagen de la persona. No quería despistar al espectador y no deseaba preguntarle las mismas cosas que le habían preguntado ochenta veces”.

Una falta de biografia buscada. “Doy las pinceladas imprescindibles para que la gente sepa quién ha sido M. Patino, lo justo para que el espectador lo busque. No he hecho la película para quienes ya le conocen sino para los que no saben nada de él. Pensé como espectadora que si a mí me meten una película donde me lo dan todo masticado, no indago más sobre él. Lo único que he pretendido es que el espectador se quede con ganas de ver sus películas, y como obviamente no podía hablar de todas, lo que he hecho ha sido centrarme en la más morbosa, Queridísimos verdugos (1973), porque los jóvenes van a flipar viéndola. Quería informar y desinformar a la vez”.

Patino, dice la directora, tiene un magnetismo con la cámara tremendo. “Yo he aprendido mucho en este año con él, especialmente de su humildad. Pero sobre todo de la cantidad de cosas que hacían con poco dinero y sin medios. A mí me parece alucinante que hiciera su trilogía clandestina en el sotáno de su casa. Hoy le encanta charlar de literatura, de historia. Es un pensador. Pasa horas y horas con sus libros”.

En la película se recupera también la figura de Daniel Sueiro (1931-1986), escritor, periodista y autor de varios libros sobre la pena de muerte, El arte de matar, Verdugos españoles, uña y carne de Martín Patino, con quien recorrió media España buscando a los verdugos que daban matarile a los condenados con un instrumento terrorífico, el garrote vil. Salvador Puig Antich, militante del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), condenado a muerte en Consejo de Guerra, fue el último ajusticiado con este sanguinario método el 2 de marzo de 1974 . En La décima carta, Martín Patino se refiere una y otra vez a Sueiro, mientras se lamenta de haber perdido sus libros. Cuando Virginia, la directora los encuentra, “tardamos porque tiene una biblioteca inmensa”, a él se le ilumina el rostro con una alegría impagable.

“Lo de menos es la pérdida de la memoria, porque para mí, Basilio es alguien a quien todavía hay que escuchar, y estoy en desacuerdo con la gente que dice que el retrato que he hecho desmerece al personaje. No lo creo. He titulado uno de los capítulos de la película Hoy no lo podría hacer para reflejar que Patino no haría hoy ciertas cosas, no porque esté perdiendo la memoria, sino porque llega un momento en tu vida en que decides que hay cosas que ya no quieres hacer y él lo dice. Para mí fue difícil retratarle enfrentándose a su enfermedad, pero quería que el espectador viera que todos somos vulnerables”.

En la casa de la calle Factor de Madrid, a un paso de la Almudena y del Palacio Real, llena de recuerdos, de libros, de artefactos, una acumulación caótica de papeles y de objetos, transcurre esta relación cinematográfica entre el maestro y su discípula. Las imágenes hablan de cómo se van conociendo, intimando. Beben vino, comen cocido, se entusiasman con los pasteles. “Para mí, la película es una pequeña historia de amor entre él y yo, dos cineastas que se conocen. Sin mayores pretensiones”.

“Pasé todo un año rodando junto a él intentando rescatar al cineasta. Si hay algo que puede provocar tristeza en la película no es el paso del tiempo, sus pérdidas de memoria o que se haga mayor, sino cómo se le ve sin ganas, apático durante todo el metraje. Yo me lo llevo a los toros, al Rastro, a la Filmoteca y él no reacciona, y no porque esté perdiendo la memoria, no, es porque no le interesa lo que ocurre hasta que llegamos a un hecho histórico, la coronación del nuevo Rey. Yo ya sabía de antemano que iba a reaccionar. Él siempre ha reaccionado ante un hecho histórico, como cuando se fue a la Puerta del Sol de Madrid a rodar durante días y días a los concentrados del Movimiento 15M [de ahí surgió su último documental Libre te quiero, 2012]. Cada vez que yo le sacaba una carpeta, un guión, algo, yo tenía la sensación de ser una mosca cojonera, y que él debía de pensar: ya viene esta tía a incordiar. En cambio, cuando llega la coronación del Rey, él dice que de eso habría que hacer una película. Reacciona. Y dice: Lo interesante es qué hay ahí detrás, quién es esa familia, adónde van… Son imágenes retóricas. ¿Qué hay de España en esto? Es una comedia total. Siguen viviendo de los coches [que los] nazis regalaron a Franco… En esto consiste la Historia, y la reproducen a toda costa para… ¿Pero qué hay aquí de la España actual? Hay algo que choca… Nadie analiza. Esto es para mí La décima carta, cuando sale por fin el cineasta”. Mientras, las campanas de la Almudena ensordecen al espectador y Basilio Martín Patino se queda ensimismado frente a una pantalla de televisión. Ahí está el final, y Virginia García del Pino lo aprovecha.

‘Basilio M. Patino, La décima carta’ puede verse este fin de semana en la Cineteca de Matadero de Madrid. Después, se exhibirá en Barcelona y Tarragona.