Viernes, 28 de julio de 2017|

5 visitas ahora

 

Zaragoza, exposición. Robert Doisneau ’El pescador de imágenes’

Lugar: Caja de Madrid, Plaza de Aragón, 4, Zaragoza

Horario: Martes a sábado de 10 a 13 y 17 a 21h. Domingos y festivos de 11 a 14h.

Fecha: Del 8 de Junio al 27 de Julio de 2010

Precio: Entrada libre.

El pescador de imágenes es el título de la exposición de fotografías en blanco y negro del francés Robert Doisneau en el Espacio para el Arte de Caja Madrid en Zaragoza (Plaza Aragón, entrada por Paseo Constitución). Doisneau nació en Gentilly, cerca de París, el 14 de abril de 1912. Vivió en Montrouge desde 1937 hasta su muerte en 1994.

Las imágenes de la muestra van desde 1934 (El aeroplano de papá tierno y siniestro por el semblante no sólo del padre, sino también del niño), hasta 1981 (Un ciclista negro, de competición), siguiendo escenas aparentemente sentimentales y ligeras. Las fotos que tomó de las barricadas de la resistencia en París frente a los alemanes se muestran aparte, en un video.

"Cayó en el olvido demasiado rápido la revolución burlona del anarquista subversivo, contestatario, frente al poder y a los valores establecidos, azote de los ricos y sismógrafo de las revueltas sociales", escribe Serge Mafioly en el frontal de esta muestra.

El espectador se ve sumergido en el mundo callejero parisino que cantó Brassens o que filmó Jacques Tati, el mundo de barrio, con los vendedores y los policías brujuleando; de los enamorados y los gatos domésticos; de los músicos y los niños haciendo de las suyas. Con Picasso colaborando en el gag de los panecillos, la risa en los ojos, o Simone de Beauvoir escribiendo en el café Deux Magots.

Doisneau "se lanza veloz sobre las piezas más frágiles o las más desprotegidas —prosigue Mafioly—, solo para unirse a ellos y devolver a cada uno su incontestable dignidad". Son imágenes "de una emoción dividida", concluye.

Los niños que ponen los pies en polvorosa mientras un compañero toca el timbre de una casa, siempre con otro chiquitín más pequeño que mira alucinado y aprende (somos nosotros los ojos de ese pequeño que mira, cómplice). Pero también capta el viento de otoño que obliga a los señorones a sujetarse los sombreros ante un edificio con columnas, un gag en el que la altivez y el desvalimiento se abrazan.

Doisneau plasma la luz blanquísima en el interior de Deux Magots y en la placa siguiente Au bon coin (1945) aparece un final de calle estrafalario con el pavés como base. Capta la imagen de dos recién casados que se recogen (Stricte intimité) en una calleja y un hombre solitario les sigue con la mirada como en el final (¿triste? ¿feliz?) de una película. Una emoción dividida.

La concierge, la portera que malmira desde la puerta de su cuartito bien recogido, la cortina, el escobón, la maceta..., en un infierno de desconchados. Paisanos que forman pacíficos corros en el barrio de Arcueil (1945); el guardia paseando ante su garita con la bayoneta al hombro, vuelta y vuelta, y la vendedora de globos que pasa a su lado. Chaplin hubiera montado una secuencia. En La mirada oblicua, ¿a dónde mira el varón?. Y en La bicicleta de Tati, para arreglar un pinchazo, el ciclista ha desmontado la bicicleta entera, hasta el último tornillo. Un chiste visual.

Hay un deseo animado de transgredir, de enredar: El beso ante el ayuntamiento, 1950, con el gentío transitando indiferente. o en Venus atrapada las manos de los obreros instalan la estatua cogiéndola por los senos.

Redaragon.com