En las manifestaciones sociales en las que el amor se desenvuelve de
modo legalizado no hay asomo de locura, de acuerdos ni de goces
compartidos. Sin duda, una sociedad basada en la concentración de poder
e intercambio económico empobrece cada área de la vida, enajena y
cosifica al ser humano.
Pero también lo imposible nos rebasa, nos muestra su rostro abierto,
más allá de ojos y razones, más allá de instituciones. El amor puede
llegarnos como un espanto, un acto político, una sucesión de
infinidades absurdas. Como una elegía en noche de lluvia, como un
canto, un réquiem, como un vomito plagado de gusanitos de goces. El
amor puede ser una cárcel o una liberación. El amor es un tema del que
no se quiere hablar, aún cuando se haya hecho de él un fetiche de
consumo.
¿Se puede alcanzar el límite de lo posible? Pregunta abierta donde
no se buscan límites ni soluciones. Sólo probabilidades, alternativas.
Y entre los marasmos, resistencias y acciones colectivas, sobrevive y
se desenvuelve un proyecto libertario: el poliamor. Es decir, la
práctica o la posibilidad de establecer relaciones íntimas, amorosas,
sexuales (no necesariamente) estables con más de una persona, en un
plano de equidad, mutuo acuerdo y honestidad entre las partes.
¿Sus ingredientes? Los más complejos: honestidad, colectividad,
horizontalidad, acuerdos, consenso, equidad, cuestionamiento de
paradigmas, respeto por la libertad y la autonomía de la/s otra/s
persona/s.
El poliamor es la resignificación del amor como acción
ético-colectiva en la que se replantean las bases de la convivencia
humana. Pues mientras no se revisen paralelamente las relaciones de
poder intrínsecas a toda relación intersubjetiva, seguiremos
reproduciendo tales relaciones en el campo de lo público. Por eso, nos
revelamos ante quienes quisieron imponernos una única visión del mundo,
una sola manera de constituir relaciones de pareja y de familia.
Una apuesta vital del poliamor tiene que ver con el modo de vivir y
asumir la relaciones en diversos ámbitos con los otros, otras. Una
búsqueda que trascienda los paradigmas del liberalismo y sus valores,
que nos permita el sostenimiento de una democracia radical y promueva
un cuestionamiento constante a cualquier forma de sujeción o alienación
de las personas. Por eso, cuando se habla de honestidad, no se trata de
aquella honestidad forzada, reducida a confesionario, sino de la
cualidad que permite sostener relaciones amorosas basadas en la
confianza, en la entrega, no en el poder.
No fue por casualidad que Émile Armand (1) asoció
el amor con la libertad y la camaradería amorosa. Para éste, el amor
libre sólo podría existir fuera de cualquier tutela o constreñimiento
estatal, religioso, familiar o vinculo contractual.
“El problema en el amor no es quitarse la ropa, sino quitarse el miedo”
Subcomandante insurgente Marcos
El proyecto poliamoroso se interesa por la libertad, lealtad,
crecimiento de cada uno de sus participantes. Equidad, no igualdad. Yo
soy yo, tú eres tú, pero buscamos el modo en que sin que tú dejes de
ser tú, ni yo deje de ser yo, actuemos juntos, actuemos en colectivo.
Piénsenlo, reconozcámonos, ¿alguno/a de nosotros/as somos poliamores
y no hemos podido desenvolverlo, comunicárselo a nuestra o nuestras
parejas? ¿Somos realmente honestos con los otros/otras y con nosotros
mismos? ¿Por qué no lo proponemos y abrimos el tema con nuestra pareja,
en un plano de total equidad, intentando desechar aquellos prejuicios y
tabúes milenarios?
L@s transgresor@s del amor convencional hemos comenzado a construir
otro espacio de comunicación, donde interactuamos como el caracol,
caminando a velocidad de molusco, lentito pero seguro, deviniendo
nómada, mirando no sólo los rostros sino las ganas. Habitando nuevas
casas del amor en las que se hace música y poesía, se sabe a goce;
además de resistir, resonar y responder.
Pero nuestras subversiones actuales no sólo sueñan y trabajan en la
liberación de las barricadas, sino en nuestra propia auto-liberación.
Erradicar el Estado que nos habita en las ideas y en las acciones, ese
voraz policía que como estrategias de control, ya se ejerce desde el
micro poder, desde los papeles activo/pasivo, desde las relaciones de
noviazgo y hasta en el momento de seducir y dar un beso. La primera
batalla es contra la enajenación. El poder no sólo está fuera, al poder
lo tenemos profundamente encarnado.
¿Cómo amamos? ¿Cómo creamos nuestras prácticas de libertad?
Desde el poliamor resistimos a la expresión unívoca de un cuerpo
heterosexual y a la heteronormatividad. Resistimos a un cuerpo-máquina
que marche de acuerdo a la función reproductora del sistema. Resistimos
a un modo exclusivo de amar, pensar, sentir, relacionarnos, vivir,
crecer, chupar, estar. Resistimos a una lógica binaria en el sexo, en
el género, las cosas y las ideas. Resistimos en la diferencia, en la
otredad, reconociéndonos como sujetos políticos en proceso de
construcción. Resistimos en el campo de los cuerpos deliciosamente
puercos, donde lo que importa es la vorágine, la poesía.
Resistimos no sólo en utopías, sino en la construcción de un mundo
donde quepan muchos mundos y amores. Pues no sólo estamos y andamos
poliamorosos, sino niños, humanos con capacidades distintas, indígenas,
transexuales, maestros, adolescentes disidentes, mujer con sombrero de
anís, campesinos y bisexuales de guante y pipa (sólo para calmar el
frío) activistas y artistas, feministas y bellos locos. Estamos tantos,
tantos, que nuestra fuerza puede quebrar, fisurar, romper. Tenemos
equívocos y nuevas noches de preguntas, tenemos trabajo y mucho amor
libre.
por Diana Marina Neri Arriaga
(1) Émile Armand, seudónimo de
Ernest-Lucien Juin (1872-1962) fue un anarquista francés, el más
importante exponente del anarquismo individualista europeo y del amor
libre en los primeros años del siglo 20. Para Armand, el anarquismo
constituye una lucha contra los prejuicios.





