Agustín García Calvo
Los que creen que la Ciencia oficial o reconocida puede decirles la verdad de la realidad, se engañan porque quieren, es decir, porque, siendo ellos mismos reales, tienen que rehuír el descubrimiento de la falsedad o
contradicción de la realidad; y así es como las personas colaboran
con el Poder en el mantenimiento de la fe en la realidad que Religión o Ciencia les suministran.
Que los modos de dominación cambien, no debería confundirnos
ni ocultarnos que, sin embargo, son siempre el mismo; claro,
puesto que el cambio, más o menos rápido, según los tiempos lo
requieran, es el procedimiento necesario del Poder para permanecer siempre el mismo, y siempre en contra del pueblo, que no es nada determinado, sino que sólo se define, se desdefine, por no ser nunca el mismo, por no ser lo que el Poder.
Así, desde el comienzo de los tiempos (que quiere decir sólo desde el arranque de la Historia con la invención del Tiempo, no más allá), siempre ha estado, al lado del Jefe de la tribu con su hacha ejecutiva, el brujo o mago como Ministro de Ciencia y de Cultura: pues el poder del hacha o del cetro no puede sostenerse si no es por medio de la mentira (no hay ejecución, paredón ni hoguera, sino por obra de la Fe), y sólo
por la progresiva elaboración de la mentira puede el imperio progresar y seguir imponiéndose a las gentes, dominando sobre la vida y la razón.
El imperio de la Razón
En el curso de la historia, según la Historia misma nos Io cuenta,
llegan fases en que la Ciencia destrona a la Religión, como en los
versos de Lucrecio de rerum natura I 62-79 viene la Física salvadora de Epicuro a derrocar al fantasma horrendo que pesaba sobre los mortales y los ensombrecía de su miedo; y viene así Rerumnatur a destituir a Dios. Bien se sabe cómo hace dos siglos, en los tiempos de Diderot o Sade, la Razónhabía otra vez derrotado a las supersticiones y, convertida enseguida en diosa ella misma, en Ciencia (que entonces aún se llamaba Filosofía), iluminado las tinieblas de la vieja fe religiosa; y, sacudido el yugo de la Ley Divina, no había ya más leyes que las de Natura misma.
Pero esos mismos procesos de derrocamiento y de ilustración revelan claramente la relación de sustitución, de remplazamiento, entre Religión y Ciencia: esto es, que en fases de la Historia, ligeramente cambiadas y Progresadas, la una viene a ser la sucesora de la otra, a ocupar el mismo sitio, el mismo trono.
La situación actual, en la que debemos ver un ejemplo de la eterna, es (para el Mundo Desarrollado, que es propiamente el único, ya que los otros no Pueden ser más que márgenes y resíduos y aspirar al mismo Desarrollo) la siguiente: la sola Religión, triunfante, dominante, es la Ciencia (que ya no se llama Filosofía), con su sumisión al Poder garantizada por la especialización y las subvenciones, y su imperio sobre las gentes por la vulgarización científica y, para la parte más ilustrada
de la población, por el estudio ininteligente de trozos de la Ciencia. Esa es la sola Fe de veras dominante, y contra la que los fieles del Desarrollo, como en misa, nunca osarán levantar la voz.
Las otras religiones (o también filosofías, qué más da) Perviven
ciertamente, en condición de restos, así en las márgenes no ilustradas todavía del Mundo Desarrollado, como dentro también de dicho Mundo (con ocasionales reimportaciones, más o menos averiadas, de credos y supersticiones arcaicos, desde las márgenes al interior), lo mismo que se
trate de antiguallas como la lglesia Católica o la Evangélica o la
Ortodoxa, que de otras más babilónicas todavía, como la Astrología, cariñosamente cultivada por los Medios de Formación de Masas, o el vudú o la mística más o menos auxiliada de ácido lisérgico o de heroína.
Pero lo notable de eso es que viven en una evidente coexistencia pacífica: que la Ciencia oficial y dominante, habiendo abandonado las locas veleidades de la razón disipadora de tinieblas, convive y se conlleva de maravilla con toda laya de supersticiones y religiones; como es natural pues la Presencia de esos restos de Fe arcaicos, en las márgenes o en el interior, cumple una misión preciosa para el dominio central y universal, que es la de exaltar, por contraste, la Fe verdadera y progresada; lo
cual, por cierto, no impide para nada que el Científico ilustre se
haga al mismo tiempo su horóscopo, o comulgue santamente, o
cante con los Mensajeros del Juicio, o medite bajo la capa de algún
gurú.
La Religión triunfante
Y cuando, por ejemplo, la vulgarización científica proclamaba que
«La Biblia tenía razón», o cuando ahora el gran mequetrefe del
Romano Pontífice, según me cuentan, se detiene a perdonar a Galileo a la vuelta de los siglos, no se hace sino confesar la victoria de la Ciencia como Religión triunfante, al mismo tiempo que se procura la continuación de su coexistencia pacífica con las otras. Y se perdona, por cierto, a Galileo, que la Ciencia oficial reconoce como legítimo antecesor suyo, no a Bruno, quemado en el Campo de Fiori’ ahí mismo frente al Vaticano, que especulaba de maneras demasiado estravagantes para tal reconocimiento, y soltaba cosas como (De immenso et innumerabilibus VI
cp. 22) que en la infinitu locus idem est altus et imus, un mismo
lugar es el alto y el de lo hondo, o revelaba lo enrevesado de las relaciones entre natura Y razón diciendo (ib Vll cp. 14) naturaque
sit rationi lex, non naturae ratio, que sea natura ley Para la razón,
no la razón para natura; cosas que no puede asimilar bien la Ciencia dominante, y que por tanto la Iglesia sigue sin perdonar, obedientemente.
Y bien: ¿cuáles son las funciones en que así se identifican Religión
y Ciencia, viniendo a hacer lo mismo según diferentes regiones del
dominio y fases de la Historia? Pues en dos palabras, confirmar
la fe en la Realidad, asegurarnos de que es posible y verdadera esta
Realidad que se nos impone Y vende y que nos costituye a cada
uno; es decir, ocultar, por medio de la oscuridad del lenguaje (teológico o matemático) y por la Autoridad o remisión a las Istancias Superiores del Saber, las contradicciones de la Realidad que testarudamente siguen asomando y haciendo esclamar de vez en vez «¡Pero esto no puede ser!» a la razón de los corazones desprevenidos.
Así se tranquiliza al Señor del Sábado y la Historia, a Ése que
existe, o sea que cumple el Prodigio de que al mismo tiempo está
aquí y al mismo tiempo es el que es, y se tranquiliza del mismo
a la Persona de cada uno, al Indivíduo Real con su Documento
de Identidad, esto es, el Hombre, al que apelan políticos y banqueros de consumo, y que ha venido en esta fase de la Historia a ser el
heredero legítimo de Dios.
Así es como se trata de estorbar y enturbiar la labor o juego costante de la razón común, que una y otra vez nos descubre las contradicciones con que ella ha costruído la Realidad, y que sigue a pesar de los pesares viviendo en el lenguaje popular y no manejable desde lo Alto, como en ella sigue viviendo lo que, por debajo del Poder y las Personas, haya de
pueblo, de sentimiento y de inteligencia.
Artículos (bauldetrompetillas.es)
Agustín García Calvo
Catedrát¡co de Latín
Facultad de Filología
Universidad Complutense de Madr¡d


