LA AUTOGESTIÓN VIVA
«Proyectos y experiencias de la otra economía al calor de la crisis»
Comentario editorial
Una historia del pasado que sirve para el presente
A mediados de los setenta, un pequeño grupo de gente del ámbito del
anarquismo procedente de diversos medios laborales, se había encontrado en
el mundo efervescente de la época de la transición, trabajando para una
empresa, en teoría montada con principios autogestionarios aunque su
realidad verdadera no lo fuera tanto. El trabajo se desarrollaba en buen
ambiente, en mayor parte gracias a la actitud personal de una mayoría
concienciada que se sentía viviendo una experiencia interesante que estaba
de acuerdo con sus ideas.
Pero no todo era fácil, el conflicto interno entre el modelo teórico y la
realidad acaba estallando. Por una parte el trabajo en autogestión con
sueldos de risa y sin seguridad social y por otra el capital y la toma de
decisiones. Tras una más o menos digna liquidación del invento un grupo de
cinco de entre aquellos decide embarcarse en un nuevo proyecto. El capital
que se aporta es el procedente de las mensualidades del desempleo de los
socios que lo tenían, que se pone en común y se reparte por igual entre
todos, incluidos los nuevos. Entonces no se permitía capitalizar el
desempleo y cobrarlo por adelantado y había que hacerlo mes a mes.
La anterior experiencia radicaliza al colectivo hacia la verdadera
autogestión, que por muy concienciado ideológicamente que se esté, implica
un gran trabajo el llevarlo a la práctica diaria. No todos resisten la
prueba. Hay que comportarse de una manera muy diferente: debes saber que
estás en un negocio, proyecto, o como se llame, que es tuyo. El dichoso
problema de la propiedad, eterno enemigo de los anarquistas y que está en
el fondo de todo, tiene que desaparecer. Pero no para ser sustituido por un
cambio de dueño, sino desaparecer de verdad. Ahora la propiedad es de
todos, que además tienen que tener la misma cantidad de acciones, porque si
alguien tiene que tener más acciones que los demás podría intentar
interponerse. En el caso de una cooperativa hay un determinado porcentaje
de capital que no se puede sobrepasar y estamos hablando de la legislación
española actual, una ley capitalista. La propiedad implica poder y si es
desigual, el poder será desigual.
Sigue adelante el experimento y ante una verdadera propiedad colectiva,
igualitaria, no cabe más ejercerla con todas sus consecuencias y esto
significa que la toma de decisiones, o sea el poder, tiene que ser también
igualitaria y colectiva. No es necesario parar la producción a cada momento
para decidir entre todos los más mínimos detalles, pero sí hay que acordar
en la asamblea del común las líneas generales que afectan de forma
importante al proyecto y definir los distintos equipos de trabajo y sus
objetivos y responsabilizarse ante todos de la parte de cumplimiento que
toca a cada uno. No tomar las grandes decisiones buscando la mayoría de un
hombre un voto, si no hacer un ejercicio importante de comprensión y
tomarlas por consenso, Así serán de verdad de todos. Reparto de tareas sí,
cada uno hace lo que sabe hacer o lo que le toca. Poder y mando no.
Coordinación, solidaridad y responsabilidad.
Todo esto significa que además de sacar adelante el trabajo diario, se
asumían por los mismos actores las competencias del trabajo directivo y del
consejo de administración. Imaginemos el ahorro, no solo económico, de
prescindir de los ejecutivos y capataces de hoy día más los accionistas.
Pero todo esto, aunque parezca mucho esfuerzo y realmente lo era,
representaba nada más que una isla dentro del océano. El mundo alrededor
seguía rigiéndose por las leyes de siempre y tocaba relacionarse con él
para sobrevivir. La verdadera autogestión como alternativa global a la
sociedad capitalista implica la desaparición de las jerarquías y el capital
más allá del ámbito de la empresa, la destrucción de las relaciones
económicas y de poder y su sustitución por la autoorganización de los
ciudadanos en un mismo nivel. La utopía. Eso sí que es un esfuerzo.
¿Estamos preparados y dispuestos?
El ejemplo de la presente historia existió en la realidad y se llamo
Queimada Sociedad Cooperativa, un taller de artes gráficas en Madrid de
1977, que abrió una editorial con el mismo nombre y estuvo funcionando un
buen tiempo con los principios que defendía. Al cabo de bastantes años,
alguno de los de entonces hemos resucitado el invento editorial y queremos
seguir en la misma línea pero no solo con el pensamiento si no con la
acción en la medida de nuestras fuerzas.
En estos nuestros foros hemos tenido la suerte de conocer y conectar con
José Luis Carretero y de común acuerdo se decidió meterle mano al tema de
la autogestión. Esta magnífica obra suya, anclada rigurosamente en la
actualidad de este cabrón de mundo, pero sin renunciar a la historia ni a
la teoría nos hará pensar en las cosas que podrían hacerse y a la vez nos
explica cosas que ya se hacen. Enfoque científico y planteamientos y
descripciones suficientemente claros para todo el que lo quiera entender.
Dará que hablar. Dentro de no mucho será un clásico.
Prólogo de Carlos Taibo
Aunque el término autogestión se ha extendido entre nosotros de forma
relativamente reciente ?hay quien habla al respecto de un legado,
principal, del mayo francés de 1968- lo cierto es que la presencia del
concepto correspondiente es muy antigua. Basta con echar una ojeada, y es
un ejemplo entre muchos, a las resoluciones de los sucesivos congresos
celebrados por la CNT antes de la guerra civil para percatarse de que la
idea en cuestión ya estaba presente, y claramente, allí. Y lo estaba de la
mano de una apuesta en la que se daban cita la defensa de la democracia y
la acción directas, la de la no delegación y la de la coordinación desde
abajo, es un marco de reivindicación de la desmercantilización de la
relaciones y contestación cabal del capitalismo, lejos del Estado y de sus
tentáculos.
Así las cosas, no puede dejar de sorprender la dramática pérdida de eco de
los proyectos autogestionarios que caracteriza la situación actual entre
nosotros. Recuerdo que no hace mucho, en un acto público, un asistente me
preguntó qué era eso de la autogestión, no sin agregar que intuía que se
trataba de una forma más de dirección empresarial. Obligado estoy a
subrayar, también, que la propuesta correspondiente falta llamativamente en
los programas de los partidos, unas veces ?supongo- de resultas del
acatamiento del sistema de representación-delegación, otras por
entronización de la institución Estado, que debería ser copada a través de
alguna suerte de golpe o revolución; en los hechos siempre parece
sobreentenderse que los problemas los habrán de resolver otros, desde
arriba, desde su presunta sabiduría. Para cerrar el círculo, nada más
lamentable que la desaparición de cualquier huella auto-gestionaría en el
mundo de nuestros sindicatos mayoritarios, que luego de disponer de
centenares de miles de afiliados, y de recursos ingentes, no han sido
capaces de perfilar otro proyecto de ese cariz que el que aporta una
modesta agencia de viajes. Qué diferencia con respecto a lo que sucedía
antes de la guerra civil, cuando de mil maneras diferentes la autogestión
florecía, y lo hacía no sólo en el mundo libertario.
De todo esto, y de mucho más, nos habla el libro de José Luis Carretero que
el lector tiene en sus manos. En sus páginas encontrara una consideración
teórica de lo que es la autogestión, un amplio repertorio de experiencias
prácticas desplegadas, en el medio urbano como en el rural, en los órdenes
más dispares, una adecuada consideración de los antecedentes de los
actuales espacios de autonomía o, para que nada falte, y también, un
recordatorio del relieve alcanzado por las iniciativas autogestionarias en
otros lugares del planeta. Me parece, por añadidura, que el libro de José
Luis tiene una singular actualidad en un momento como éste en el que se
antoja urgente buscar alternativas frete a la crisis. Al respecto el texto
combina de manera inteligente el pasado y el presente, hace uso de una
notable capacidad de pedagogía y de síntesis, proporciona una información
práctica sobre cómo desplegar proyectos autogestionarios y en modo alguno
elude, en fin, la consideración de los problemas ?la eventual gestación de
pequeñas instancias aisladas, el riesgo de reproducción de la lógica del
sistema o la necesidad acuciante de expandir las redes y de mantener una
confrontación activa con el sistema- que aquéllos acarrean.
Debo subrayar, y acabo, que a mi entender la necesidad y la actualidad de
la autogestión no se fundamentan tanto, que también, en los argumentos que
el pasado puede proporcionarnos al respecto como en la conciencia de lo que
se nos echa encima. Hablo de la corrosión terminal del capitalismo y de la
perspectiva acuciante del colapso. Una y otra reclaman del concurso de la
autogestión, en su doble condición de objetivo y de método, y en su calidad
de proyecto que hace frente de manera cabal a las miserias que han
arrastrado la socialdemocracia y el leninismo. A duras penas puede ser
casualidad que, de manera en buena medida espontánea, un movimiento como el del 15 de mayo haya abrazado, en buena parte de sus asambleas populares, una apuesta consistente en provecho de la construcción de espacios
autónomos como los que ejemplifican los grupos de consumo, las cooperativas
integrales, las ecoaldeas, las formas de banca ética y social o, en fin, y
por dejarlo ahí, el incipiente movimiento de trabajadores que, en régimen
autogestionario-cooperativo, se hacen con la dirección de empresas que
están al borde de la quiebra. Creo que esa defensa de espacios autogestionados y desmercantilizados es mucho más inteligente que la que
aportan quienes, a estas alturas, siguen esperando de partidos, parlamentos
e instituciones una respuesta creíble a nuestro problemas.
Carlos Taibo



