Hace pocos días, me llamó la atención un despacho de la agencia AFP que rezaba: Taiwán. Tribus indígenas esperan que tribunal proteja sus tradiciones de caza. El Tribunal Constitucional de Taiwán emitirá su veredicto sobre si la actual legislación viola los derechos de las comunidades indígenas. La nota informaba que, ocho años atrás, Talum, un indígena del pueblo Bunun, había sido condenado a 3,5 años de cárcel por haber matado a un ciervo muntjac con un fusil “modificado”. Talum arguyó que lo hizo porque cuida a su madre y que ésta, a sus 99 años, sólo gusta de la carne de cacería.
Primera manipulación de los hechos: Talum no posee un fusil modificado sino que caza con una espingarda tradicional fabricada con tubos viejos y tallada a mano. Pero muchos lectores habrán creído que ese indígena del centro montañoso de Taiwán tiene un ¡fusil! que, encima, ha modificado quien sabe si dotándolo de rayos laser o balas de uranio empobrecido.
Asimismo, el tribunal debía dictaminar si la condena a Talum discrimina a los indígenas y, por tanto, es inconstitucional. Porque, con las leyes actuales, los cazadores indígenas solo pueden utilizar extra-oficialmente armas artesanales –que, según ellos, son peligrosas- y sólo pueden cazar en días específicos con autorización previa. El Supremo ratificó el fallo de los tribunales inferiores pero, simultánea y sorpresivamente, pidió al Tribunal Constitucional que decidiera si la actual legislación viola los derechos de las comunidades indígenas –en 2017, por decisión de este alto tribunal, Taiwán fue el primer país de Asia en legalizar el matrimonio del mismo sexo así que, si tan inclusivo y tolerante es, bien pudiera haber respetado los derechos colectivos de los Bunun.
Los indígenas (menos del 3% de los 23 millones de taiwaneses) padecen las lacras comunes a todos los indígenas del mundo: marginación, sueldos irrisorios, paro monumental, los peores indicadores de salud, etc. Pero albergaban algunas esperanzas de que el fallo del Constitucional les favorecería aunque sólo fuera por la fama de que Taiwán es un país democráticamente avanzado e incluso porque la presidenta Tsai Ing-wen pidió perdón en su día a los pueblos indígenas -presume de que su familia es indígena Hakka, un pueblo regado por el mundo, donde hay unos 60 u 80 millones de Hakka aunque no todos hablan su idioma; y son tan notorios en la historia de China como para afirmar que “Sin chinos, dejaría de existir el mundo y sin Hakka, dejaría de existir China”.
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