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Ahí estaban, más de doscientos periódicos anarquistas gratuitos apilados sobre una mesa de una fundación, también libertaria.
La calidad del papel y la tinta eran buenos y los artículos de divulgación, más que aceptables.
Y estaban a disposición de todos aquellos … que ya sabían lo que pondría, que por cierto debían ser pocos, pues el montón no bajaba.
Da la impresión que el objetivo de la propaganda y la prensa anarquista es autorreferencial, es decir, no se publica para difundir la idea fuera del reducido ámbito del mundo libertario, sino que sirve para significarte dentro de éste.
Otro tanto ocurre con los libros. Si se mueve el grupo, puede llegar a vender cerca de mil ejemplares del libro editado, e incluso, es posible que algunos se lo lean.
Pero se distribuye a las mismas personas, por los mismos canales, incluido internet.
Es como si nos diera miedo repartir propaganda, en los barrios, los institutos, los polígonos industriales y las universidades, poner carteles para señalar nuestra presencia y nuestras opiniones o presentarnos en librerías o locales que son neutros.
Y es que realmente da miedo, tienes que ponerte en acción, a veces debatir con aquellos que no tienen tus mismos esquemas mentales y salir de aquello que ahora llaman “zona de confort”, significándote.
Y en el peor de los casos te obliga a ser consecuente, eres reprimido o despedido, o entras en la eterna cadena del sistema judicial.
Es más fácil, y sobre todo menos peligroso, dártelas de revolucionario en tu ambiente, pero sin salir de él, mientras como ya se analizó, hace más de medio siglo, cuando no hay acción exterior, se buscan enemigos internos que son depurados, en lucha por el poder simbólico, o la escasa influencia real.
Así nos pasamos la vida, con sacrosantas declaraciones de fe revolucionaria como excusa para expulsiones, escisiones o inacción práctica, sin conectar con la sociedad.
Y las diferencias de matiz, se convierten en el método para encubrir nuestras auténticas desavenencias personales, afectivas o sexuales.
Más nos valdría reconocer que la mayoría de nosotros estamos encadenados a enfermedades crónicas, padres a quien cuidar, hijos a quien proteger ( que parece ser ya “ los educan” las redes), horarios laborales infinitos para mantener esa mierda de consumo interiorizado, parejas sexuales varias confundidas con afectivas para encubrir carencias, intentos de mantener la producción de cannabis o cerveza o cualquier otro tipo de encadenamiento a que nos aboca este maravilloso sistema.
Y en la práctica no estamos dispuestos a jugárnosla por una mezcla de miedo y agotamiento.
Y en consecuencia, deberíamos dedicarle el tiempo real a sencillas actividades prácticas limitadas, como permanencias con los protocolos estudiados, pegar cuatro carteles, repartir dos periódicos, ayudar a realizar un acto fuera de nuestros locales.
En suma, hacer todo aquello que nos de ha conocer y nos abra a la sociedad.
Y reconocer que esto del Comunismo Libertario es como el Paraíso para los cristianos, algo que es maravilloso y al que nos gustaría llegar, pero sin pasar por el martirio, los sinsabores y renuncias que conlleva llegar a él.
Y por supuesto que ha habido y hay compañeros que se arriesgan y luchan, y debemos apoyarlos sin mentirnos, y aunque son bastantes, son las excepciones que confirman la regla.
Ello y lo atrayente de nuestras ideas, hacen que todos los años se acerquen a nosotros unos centenares de personas, pero la gente se cansa de tanto debate estéril y ambiente enrarecido y la mayoría se va.
Y así llevamos cuarenta años.
Podríamos seguir igual, pero el problema es que tal como se está poniendo este maravilloso mundo, o cambiamos la actitud y hacemos algo efectivo y que influya en la sociedad, o pronto estaremos abocados, según ellos decidan a levantar el brazo o recibir el tiro de gracia.
